Latinoamérica

publicidad
12 de octubre de 2012 • 08:37 PM • actualizado a las 10:40 PM

Sobreviviente de los Andes: “Héroes, los que no volvieron”

Los sobrevivientes, en una reunión en Santiago de Chile, en octubre de 2002. En la foto están: Jose Luis Inciarte, Pancho Delgado, Roy Harley, Alvaro Mancino, Carlos Paez, Antonio Vizintin, Gustavo Zerbino, Pablo Milburn, Roberto Canessa, Daniel Fernandez, Moncho Sabella, Adolph Strauch, Javier Methol y Jose Luis Metola.
Foto: GETTY IMAGES
 

Antonio Vizintin aún recuerda lo que sintió cuando el locutor anunció por la radio lo que nadie pensaba escuchar: las operaciones de búsqueda de él y sus compañeros perdidos a casi 3.000 metros de altura en medio de la cordillera de los Andes habían sido abortadas. "Era una sensación de abandono terrible y aquella pregunta '¿y ahora qué?'". A partir de ese momento todo dependía de lo que fuéramos capaces de hacer". Lo que Vizintin y 15 de sus amigos no sabían era que lo que parecía ser una sentencia de muerte se convertiría, dos meses después, en una de las historias de supervivencia más inspiradoras de todos los tiempos.

Diez días antes, el viernes 13 de octubre de 1972, un avión de la Fuerza Aérea uruguaya que transportaba a 45 pasajeros, en su mayoría estudiantes y jugadores del equipo de rugby Old Christians, de Montevideo, se estrelló contra la cordillera de los Andes de Mendoza, en la frontera helada entre Chile y Argentina.  En la caída, 12 personas murieron. El resto del grupo se vio obligado a emprender una batalla titánica contra la montaña. Sin comida y soportando temperaturas de 30 grados bajo cero, 16 jóvenes entre 18 y 36 años, lograron subsistir dentro de la parte delantera del avión –su única guarida-, que permaneció enterrada en el hoy llamado “Valle de las Lágrimas”. La vida plácida que llevaban en el barrio noble de Carrasco dio lugar a una sociedad en la máxima pobreza. Como única posibilidad de volver a ver a sus familiares, se alimentaron del cuerpo de los tripulantes muertos, un tema explotado por la prensa sensacionalista de la época.

Sin embargo, lo que parecía difícil empeoró. A 16 días día del accidente, un alud sepultó a otras ocho personas, entre ellas Marcelo Pérez, considerado el líder del grupo. Así que la única alternativa era decirle a la civilización que estaban vivos. El 12 de diciembre, ya muy débiles, Antonio Vizintin y Roberto Canessa, de 19 años, acompañados por Fernando Parrado, de 21, partieron en dirección al oeste en busca de ayuda. Al tercer día de esa expedición, el agotamiento de “Tintín” a causa de una lesión no le permitió seguir, pero su aporte con alimentos fue clave para el éxito de sus compañeros. Vestidos apenas con jeans y buzos de lana, Parrado y Canessa escalaron las montañas durante ocho días hasta avistar a un arriero chileno. La travesía de 80 kilómetros, que culminó en el rescate de los otros 14 sobrevivientes, 72 días después del accidente, es considerada por andinistas la hazaña del montañismo más grande de la historia.

En el aniversario de 40 años del “Milagro de los Andes”, Terra habló con Canessa, Parrado y Vizintin, quienes recordaron las dificultades y lecciones de esperanza que les dio la montaña y los amigos que no regresaron. “Los verdaderos héroes de esta historia son nuestros compañeros que no volvieron, los que se quedaron arriba en las montañas. Lo único que hicimos fue seguir su ejemplo, nada más”, afirmó Vizintin.

¿Cuál fue el momento que más lo marcó durante los 72 días en que estuvieron en las montañas?

Fernando Parrado: Los momentos marcan para bien o para mal. Momentos malos hubo tantos que no quisiera acordarme. No vivo en el pasado. Como momento agradable para recordar: cuando llego con el helicóptero a rescatar a mis amigos.

Antonio Vizintin: Es una parte de mi vida, algo que pasó y que fue muy cruel, ya que costó muchas vidas jóvenes y fue una lucha durante 72 días.  Creo que uno de los momentos más difíciles fue el alud que nos dejó sepultados en la nieve y en el que murieron ocho compañeros (…) nos quedamos sin nada, máquinas de agua, asientos, útiles y volvimos a cero, a no tener nada y comenzar todo de vuelta.

Roberto Canessa: Es el regalo de la vida. Parecía muy difícil que fuéramos sobrevivir a ese lugar. Estaba muriendo tanta gente que parecía imposible salir. Hacíamos las cosas lo mejor posible, pero sin mucha esperanza. Con compromiso con uno mismo, con los amigos y con Dios, con los que no estaban, con los que estaban acá esperándonos. Una lucha titánica, como David contra Goliat. Nosotros contra la Cordillera de los Andes. Una Cordillera que ni siquiera te invitaba a mirarla.  

El último libro sobre la tragedia, del uruguayo Pablo Vierci, se llama “Sociedad de la Nieve”. ¿Qué sociedad construyeron cuando estaban perdidos?

Canessa: Éramos como conejillos de Indias puestos en la montaña a ver cómo nos arreglábamos y cuanto resistíamos. Era una sociedad donde cada día el máximo logro era pasar vivo y espiritualmente lo mejor posible (…) Una sociedad de la máxima pobreza inimaginable. A veces cuando yo veo gente que cree que está pasando muy mal les digo “Mira que todavía no se te cayó el avión, ¿no? Todavía puedes estar mucho peor”. Nosotros pensábamos estar en el peor lugar del mundo, que no nos podía pasar nada peor, y nos enterró vivos un alud.

Parrado: La sociedad ya estaba construida antes, pues éramos amigos del mismo colegio. La supervivencia, simplemente solidificó esa sociedad. Éramos todos muy parecidos, veníamos del mismo medioambiente y la misma educación. Si hubiera sido un avión comercial, con diferentes culturas, edades, idiomas, religiones, etcétera. hubiera sido muy difícil la supervivencia.

¿Qué sintió cuando escuchó en la radio que dejarían de buscarlos?

Vizintin: Un gran vacío interior, una sensación de abandono terrible y no saber que hacer, y aquella pregunta “¿y ahora qué?”. Era saber que a partir de ese momento todo dependía de lo que fuéramos capaces de hacer.

Canessa: Una vez más el mundo civilizado, sensato y criterioso perdía vigencia y había que tomar alternativas nuevas. Hasta ese momento yo pensé que era absurdo total escalar la cordillera cuando un helicóptero nos podría rescatar. Arriesgar la vida era ridículo, pero cuando se cortó esa posibilidad, me di cuenta que el problema era la distancia que nos separaba de la civilización. La única posibilidad que teníamos era recorrer esa distancia, caminar hacia el oeste donde el sol se pone hasta que llegáramos o muriéramos.

Jose Luis Inciarte (uno de los 16 sobrevivientes) dijo durante una entrevista que los andinistas le comentaron que “ni los guanacos, que son animales que pueden soportar los rigores del clima de la zona, lograron caminar en la nieve y transitar por las montañas como lo hicieron Canessa y Parrado”. ¿Qué hizo que lo consiguieran?

Canessa: Todos los animales tienen su guarida y nuestra guarida era el fuselaje, pero era una guarida de muerte. No podíamos volver. Teníamos que salir adelante.

Parrado: Solamente sé que lo hice y que solo Roberto y yo sabemos lo difícil que fue. Los andinistas norteamericanos, que en 2006 hicieron el mismo trayecto, con todos los equipos modernos y comunicaciones, me dijeron que es la hazaña de montañismo más grande de la historia, que la hicimos gracias a nuestra ignorancia, pues si hubiéramos sabido a que nos enfrentábamos, no habríamos comenzado.

¿Qué sintió en el momento en que el primer periodista les pregunta sobre la alimentación? ¿Cómo enfrentaron ese tema?

Parrado: Nada. ¿Que tendría que haber sentido...?

Vizintin: Con la tranquilidad que habíamos hecho los correcto, tomado la decisión adecuada, conscientes de lo que hacíamos y que para criticarnos había que haber estado a 2.860 metros de altura, a menos 20 grados y en nuestra situación.

Canessa: Sentimos que era muy triste que las familias de nuestros amigos que no volvieron se enteraran por la prensa de una manera indirecta como teníamos que haber usado los cuerpos de los que habían fallecido. Yo quería ir a tocarles el timbre y decirles lo que había pasado. Sabía que entenderían o no, eso depende de cada uno, pero no habían estado en la cordillera, así que yo no pretendía que me entendieran, que me apoyaran, ni nada. Solamente quería decirles  lo que pasó. Eso no pudo ser porque toda la prensa quería saber y Pancho (Alfredo) Delgado les dijo lo que había pasado (durante una conferencia de prensa el 28 de diciembre de 1972). Tenía 24 años y con la verdad le dijo al mundo lo que ocurrió. Fue maravilloso. Los periodistas salieron con esa información, que los sobrevivientes de los Andes habían sobrevivido porque se habían comido a los muertos.

¿Este milagro o tragedia le permite encarar otros problemas de su vida de un modo distinto, tal vez menos dramático?

Canessa: Siempre pienso que uno puede estar peor, que tengo que estar agradecido, que tuve una oportunidad que los demás no tuvieron, y que mi deber en la vida es bajar la cabeza y caminar. Fue lo que aprendí en la cordillera.

Vizintin: No sé si menos dramático, dado que cuando tienes un problema es el más grande del mundo, pero tienes la tranquilidad de saber cual es tu límite, que tan lejos puedes llegar y que por una prueba tan difícil ya has pasado. Enfrentas las cosas y sabes de tus capacidades. Cada problema es una cordillera para nosotros o para cualquiera. El asunto es empezar a dar pasos.

Parrado: Hace 40 años que no tengo problemas, ya tuve demasiados. Tengo situaciones de vida, como todas las personas, pero sé que ya he vivido cosas que me permiten tomarme la vida con calma y sin preocuparme.

¿A qué cree que se debe la fascinación que aún despierta en la gente la historia que vivieron hace 40 años?

Canessa: Es porque habla de la esencia misma del hombre, de eso que tenemos guardado todos muy adentro, que es lo más primitivo y lo más básico y que no nos damos cuenta que lo tenemos hasta que se te cae el avión. Todas las personas que en este momento están tratando de trepar la cordillera, que han pasado cosas terribles en la vida, ven que se pueden salir adelante como salimos y se sienten comprendidos.

Vizintin: Nunca tanta gente vivió tantos días en la montaña y un puñado de ellos logró salir. Es una historia de vida, de lucha contra la adversidad y es la lucha de todos los días por vivir. Quizás este sea el motivo. La gente busca referencias, paralelismos y los encuentra en la montaña. Buscan una guía y encontrar a alguien que haya hecho algo similar, con problemas distintos o problemas mucho más simples de lo que hicimos nosotros, pero son problemas, al fin, y es la cordillera que tienen. Somos mucho más fuertes y valientes de lo que creemos, capaces de mucho más.

¿Cuál es su relación con los demás sobrevivientes? ¿Siguen reuniéndose en la fecha del accidente?

Canessa: Todos los 21 de diciembre. Me acuerdo que en el primer encuentro nos reunimos con las novias y no llegábamos a 30 y ahora somos 200. Los que quieren venir vienen y celebramos la vida con un brindis por los que no volvieron y que nos ayudaron tanto. Nuestros niños nacen con la historia. A mis hijos desde muy chicos les conté como había sido todo y ya en la escuela, a Hilario (uno de sus tres hijos) cuando tenía cuatro años le dijeron que el “papá se había comido a los amigos” y él dijo “sí, ¿no sabías de la historia? ¿Quieres que te cuente?”. Así que siempre han vivido con eso. Ahora ya son grandes, me toman el pelo. Dicen “No, no, papá, hoy no hables. Ahí está el héroe de los Andes, el que sabe todo!”.

Vizintin: Tenemos en general una buena relación, con algunos más afinidades que con otros. No hay que olvidarse que muchos no formaban parte del equipo y no los conocíamos. Después del accidente nos consideramos hermanos y nos encontramos seguido dado que vivimos en el mismo barrio.

¿Cuál ha sido la situación más difícil que han tenido que afrontar como consecuencia del accidente?

Parrado: Para mi fue volver a mi casa y no tener más a mi madre, a mi hermana Susi ni a mis amigos del alma Guido (Magri) y Panchito (Francisco Abal). Pero no se puede modificar el pasado y el accidente sucedió, así que tuve que seguir adelante, sin mirar para atrás.

Canessa: El principal desafío eran los chicos Nicola (hijos de la pareja del médico del equipo Francisco y su esposa, Esther Nicola, fallecidos en el accidente). El menor tenía cuatro años, el mayor tenía 13 y a mí me desesperaba eso, poderlos ayudar a salir adelante. En lugar de identificarse como víctimas nos decían que si hubieran estado en la cordillera habrían hecho lo mismo que nosotros. O sea, que se identificaron con la lucha, con el coraje, con el empeño, con la mística. Eso fue muy inspirador, ver todos nuestros esfuerzos, desvelos e incertidumbres cristalizados en hombres tan valiosos.

Vizintin: Te diría la fama. Nosotros no buscamos esa fama que tenemos y a veces te resulta un poco incómodo en tu diario vivir, ¿no? Tenemos una vida muy tranquila, muy familiar y cada uno es dedicado a su trabajo. Además, a uno le molesta un  poco que te reconozcan o que vayas a un restaurante y la gente se de vuelta.

Muchas personas pagan excursiones para ir hasta el lugar del accidente. ¿Qué piensan al respecto?

Canessa: Sentimos que esas personas sí pueden hablar con autoridad sobre lo que es la cordillera. Todo el mundo habla de afuera, dicen esto y lo otro, pero cuando estás allá arriba, que sopla el viento y se despeña la montaña, y sientes ese miedo e incertidumbre, te das cuenta lo que pasamos.

Fue muy lindo cuando fueron algunos de los sobrinos y hermanos de los que fallecieron y cuando volvieron no tenían ni idea de lo que es, lo inhóspito, lo terrible, la fuerza de la naturaleza, lo desvalido que te sientes en ese lugar. Me acuerdo que al Valle fue el sobrino de Marcelo Pérez y cambió totalmente el punto de vista de creer que los sobrevivientes somos unas estrellas, aunque a veces algunos se comporten así.  Muchos no ven la esencia de lo que pasó con elementos de juicio que te da ir a ese lugar, y eso que van en verano.

Vizintin: Cuando van se dan cuenta de lo difícil que fue y la soledad que vivimos. La primera vez que volví al Valle de las Lágrimas subir fue una experiencia dura. Dormimos en carpas en el lugar de accidente, a 2.860 m de altura, y fue difícil porque hizo mucho frío, fue muy incómodo, pero es un lugar impresionante, donde sientes la presencia de Dios o de un creador. No puedes pensar que eso que estás viendo nació solo. Por otro lado, sientes la pequeñez del hombre, lo chico que somos frente a la naturaleza. Esa montaña impone respeto. Los verdaderos héroes de esta historia son nuestros compañeros que no volvieron, los que se quedaron arriba en las montañas. Lo único que hicimos fue seguir su ejemplo, nada más.

Terra