JAPÓN-INDÍGENAS
23/11/2007 - 10:24 (GMT)
Fernando A. Busca Lago Akan (Japón), 23 nov (EFE)- Los Ainu, indígenas de Japón con una cultura ancestral que adora a los osos, luchan por sobrevivir en el remoto norte del país contra la tendencia homogeneizadora que los ha arrinconado durante siglos.
Los Ainu, una palabra que en su propio idioma significa "ser humano", poblaron un día un extenso territorio que iba desde el norte de la isla de Honshu (la principal isla japonesa), la isla de Hokkaido, las islas Kuriles, gran parte de Sajalín e incluso el extremo sur de la península de Kamchatka.
Sin embargo, sucesivos eventos históricos, como la guerra rusojaponesa de 1905, terminaron agrupando a la mayor parte de los Ainu en el sur de la isla más septentrional de Japón, Hokkaido.
Estas gentes de hechuras más sólidas y más vello que los japoneses (unas 20.000 en Hokkaido) tienen problemas para adaptarse al siglo XXI.
Integrados en un país tan moderno que se puede pagar la compra del supermercado con el móvil, ya no pueden continuar con el estilo de vida que definía su identidad, basada en la caza y la pesca.
En las orillas del Lago Akan, con el paisaje cubierto por las primeras nieves del invierno, Ryuji Hirasawa, ataviado con una bata tradicional decorada con grecas y una banda en la cabeza, explicó a Efe que su pueblo ha pedido "un sistema de cuotas al gobierno japonés" para compensar con cierta discriminación positiva el aislamiento al que tradicionalmente se ha visto sometido.
Los Ainu se han hecho dependientes del turismo y las ayudas gubernamentales.
La casa Ainu de Akan, situada en la ribera de un lago rodeado de aguas termales, preside una pequeña colina sembrada por una docena de tiendas de souvenirs y varios totem que recuerdan a la estética de los pueblos nativos de norteamérica.
Sobre el escenario de la casa Ainu que preside Hirasawa, varias mujeres de cuerpo rechoncho suelen interpretar para los turistas, principalmente japoneses, la danza de la grulla con pequeños pasos y bruscos movimientos de sus largas cabelleras negras.
El gobierno nipón favorece el estatus de los Ainu como atracción turística.
Las instituciones locales han construido museos sobre los Ainu y reparten panfletos sobres su historia y sus costumbres.
Sin embargo, ellos se quejan amargamente de ya no pueden continuar con ritos ancestrales como el robo de un osezno durante la hibernación de la madre para emplearlo en una ceremonia básica para su religión.
La sociedad japonesa, que durante siglos ha basado su estabilidad en la homogeneidad, ha maltratado durante siglos a los Ainu y ha creado situaciones en las que los propios padres ocultaban a sus hijos su origen para que no fueran objeto de burlas en los colegios.
Hirasawa, presidente de la Asociación Ainu de Akan, en el centro de la isla de Hokkaido, no habla su propio idioma, como la inmensa mayoría de los integrantes de su pueblo, y reivindica que "se incluya la lengua Ainu en la educación obligatoria".
Aunque investigaciones aquejadas de romanticismo han tratado de vincular el idioma Ainu a múltiples lenguas, incluido el euskera (vasco), el idioma de estos indígenas está considerado una lengua aislada y en grave peligro de desaparición.
Los signos de decadencia son evidentes, sin embargo en años recientes se ha producido una modesta primavera de la cultura Ainu capitaneada por Shigeru Kayano, uno de los últimos hablantes nativos, que llegó a ocupar un escaño en el Senado nipón y murió el año pasado.
En la arena política, su impulso creó una inercia que terminó el pasado mes de septiembre con la petición de la Asociación Ainu de Hokkaido al gobierno japonés de que reconozca a estas gentes los derechos que otorga la declaración de derechos de los indígenas de la ONU.
La joven Mina Sakai, capitana del grupo "Ainu Rebels", parece haberse encargado del impulso cultural.
Con un impulso revolucionario ha despertado el interés por los Ainu entre la juventud japonesa con una mezcla de música tradicional mezclada con rock y hip-hop.
Su propuesta se he encontrado con la resistencia de miembros de su propio pueblo que la acusan de destruir sus tradiciones, pero Sakai responde con una frase que simboliza su liberación: "nunca creí que podría decir alto y claro que soy una Ainu". EFE fab/wm
Terra/EFE