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A las 06H00, los hombres del capitán Barry Troy inician su última patrulla en Jan Beni Saad, al sur de Baquba, antes de la fecha límite del martes a partir de la cual los soldados estadounidenses no podrán entrar a las ciudades de Irak sin autorización.
"Hola, muchachos, ¿cómo están?", dice alegremente Barry Troy, de 26 años, a los policías iraquíes que decoraron sus automóviles con guirnaldas y banderolas para celebrar "el día de la soberanía nacional".

En conformidad con el acuerdo firmado en noviembre de 2008 entre Estados Unidos e Irak, el ejército norteamericano debe retirarse de todas las ciudades iraquíes y sólo podrá volver en casos específicos, a pedido de las autoridades iraquíes.
Después de una breve reunión de información con el comandante de la policía, el coronel Aziz Ghazi, los soldados norteamericanos parten en el preciso momento en que se levanta una tormenta de arena que rápidamente cubre la ciudad con un velo amarillento.
Los militares estadounidenses, apoyados por policías iraquíes, avanzan por calles polvorientas y cubiertas de detritus de esta ciudad de casi 100.000 habitantes que hasta 2008 era un bastión de Al Qaida y escenario de un mortífero conflicto entre sunitas y chiitas.
"A partir del martes, todo habrá terminado. Necesitaremos una invitación de los iraquíes para venir a patrullar una ciudad", explica el capitán Troy, nacido en Pennsilvania. "Pero seguiremos entrenándolos y ellos podrán llamarnos si necesitan refuerzos", agrega.
Mientras avanzan en el misérrimo barrio chiita de Imán Al Sadr, el teniente iraquí de policía Qattuf Salman hace de guía. "Hace dos años era imposible entrar a este barrio. Estaba controlado por las milicias", explica.
"El barrio de Askari, del otro lado de la ciudad, estaba en manos de Al Qaida. Aquí había de todo: conflictos religiosos y atentados terroristas", añade el oficial. "Fue necesario un año y medio para recuperar el control de la situación", indica.
Después de una gran operación norteamericana que permitió derrotar a los insurgentes, comenzó el largo trabajo de entrenamiento de las fuerzas iraquíes. Un trabajo difícil, según el capitán Troy.
"El anterior coronel era incompetente y holgazán. No había disciplina. Pero desde que el coronel Ghazi lo reemplazó, las cosas han mejorado", afirma.
"Ellos deben partir. La invitación expiró", dice un habitante curioso, que ha salido de su casa a ver lo que sucede con el pecho desnudo.
Si bien la policía y el ejército agradecen a "las fuerzas amigas por los servicios que rindieron al pueblo iraquí", la población está ansiosa de que se vayan, porque las asocia con errores y arrestos indiscriminados.
Un soldado norteamericano nervioso recrimina al conductor febril de una motocicleta que ignoró la orden de detenerse.
A dos pasos, en el barrio comercial, Shair Almanash, de 50 años, es testigo de la escena. "Que se retiren, no han dejado de humillarnos. Fueron ellos los que trajeron a Al Qaida. Antes de su llegada, nada de eso existía aquí", agrega.
"Estoy feliz de que se vayan", interviene Haitham Radal, un comerciante de 29 años, mientras mira pasar la patrulla. "A nadie le gusta que su país sea ocupado por una fuerza extranjera", observa.
Terra/AFP
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