BUSCA
La mujer de 24 años tenía la sensación de que el corazón le estallaría en cualquier momento.
Para peor, nadie en Honduras podía ayudarla porque no había dinero, equipo ni médicos especializados en complicaciones cardíacas como las de Aracely Ortega Alfaro.

Un aneurisma enorme crecía en la aorta de esta mujer hondureña. Es poco común toparse con aneurismas de ese tamaño, y menos en pacientes tan jóvenes. Ortega comenzó a sentir síntomas el año pasado, en que tuvo dificultades para respirar. También sintió que el corazón estaba acelerado y le costaba funcionar. Se quedaba sin energía incluso cuando no hacía esfuerzos grandes.
"No podía salir con mis amigas", relata Ortega, una madre soltera de San Pedro Sula, la segunda ciudad más grande del país, en el sector noroccidental de Hondras. "Me fatigaba demasiado".
El Star-News of Wilmington informó que tras doblarse de dolor en diciembre, los médicos le hicieron rayos x al corazón. El médico en cuya casa trabajaba como niñera le dijo algo que ella jamás se habría imaginado: que tenía un aneurisma de casi nueve centímetros y requería una operación lo antes posible. Lo que no le dijo fue que, sin la operación, viviría pocos meses.
Ortega no tenía dinero para la operación y menos para viajar al exterior para someterse a la intervención.
Pero su patrón no se dio por vencido.
Con la ayuda de la fundación sin fines de lucro Ruth Paz, el doctor Howard Marks de la Coastal Thoracic Surgical Associates y donaciones de la gente en Honduras y en Wilmington, Ortega pudo viajar a Wilmington el Día de la Madre, el 10 de mayo.
El 13 fue operada por Marks, el doctor Ivan David y su equipo en el New Hanover Regional Medical Center. La aorta de Ortega fue estirada al máximo y reemplazada por un tubo de dacron, una fibra sintética, que ahora cumple las funciones de ese órgano. También le insertaron una válvula mecánica en el corazón porque el aneurisma había dañado la válvula cardíaca.
"Me siento muy bien", dijo la mujer. "Desde que vine aquí, los médicos y enfermeras me trataron de maravillas. Jamás lo olvidaré.
El padre de Ortega falleció de problemas cardíacos cuando ella tenía tres años. Ella no sabe cuál fue exactamente el mal que padecía. Y cuando ella tenía 21 años falleció un hermano de 22, también por trastornos del corazón.
La salud de Ortega se fue deteriorando, perdió peso y llegó un momento en el que casi no se podía mover.
En enero, sus patrones, el doctor Carlos Funez y su esposa Claudia Benítez, la llevaron a un médico y los rayos x revelaron cuál era el problema. La noticia se la dio Funez. "Me miraba como si me estuviese muriendo", recuerda Ortega. "Me dijo que tenía que ser operada, que esa operación no se hacía en mi país y que era muy costosa".
Ortega quiso regresar a su pueblo, Yoro, para estar con su hijo Fabricio, de cinco años, quien se quedaba con su familia cuando ella trabajaba. Pensó que no había nada que hacer y no quería quedarse en la casa de los Funez si no iba a poder cuidar a los niños. Rompió con un novio, diciéndole que lo único que podía ofrecerle era la muerte.
"No sabía qué hacer. Pensé que me iba a morir", relató. "Que iba a dejar a mi niño sin su madre y prácticamente sin su padre".
Sus patrones, sin embargo, decidieron luchar por su vida y se pusieron en contacto con la Fundación Ruth Paz, que asiste a niños pobres y sus familias. La fundación decidió ayudar a Ortega porque tenía un hijo pequeño que podía quedarse sin su madre.
El dinero para el viaje lo consiguió Lucy Vásquez, directora ejecutiva de Amigos Internacional, organización sin fines de lucro que ayuda a inmigrantes, sobre todo hispanos, la cual se enteró del caso a través de terceros. Otra hondureña, Ligia Martínez de Jackson, quien conocía a Ortega desde hacía seis meses, viajó con ella y la acompañó durante su estadía en el hospital. Le daba agua, la consolaba y hacía de traductora.
"Sentía como si fuese mi hija", comentó.
Además de Vázquez y Martínez, una cantidad de gente ayudó transportando a Ortega, dándole albergue y ofreciéndole su amistad.
Los médicos que realizaron la intervención no lo pensaron dos veces cuando fueron contactados por la Fundación Ruth Paz. "Ella era una bomba de tiempo", dijo Marks, quien habló con el presidente del hospital, Jack Barto, y le dijo que la mujer moriría si no era operada. "No lo dudó" y dio el visto bueno, señaló Marks. El hospital donó la sala de operaciones y los cirujanos donaron su trabajo y demás gastos, que pueden sumar decenas de miles de dólares, según Marks.
La operación no resolvió todos los problemas. Ortega sentía dolores estomacales y se descubrió que necesitaba otra intervención para extraerle la vesícula.
Sorteado ese nuevo obstáculo, Ortega estaba lista para volver a su país. Necesitará tomar anticoagulantes por el resto de su vida para evitar que la nueva válvula forme coágulos.
"Voy a traer a mi hijo a vivir conmigo", declaró Ortega poco antes de abordar un vuelo de regreso a Honduras el 1ro de julio. Agregó que le había pedido a Dios que le permitiese seguir viviendo por su hijo y aseguró que nunca volvería a separarse de él.
"Dios me dio una oportunidad por una razón", manifestó.
Terra/AP
BUSCA