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En su primer año en un programa de intercambio estudiantil, el colombiano Carlos Villarreal, de 18 años, no vivió con una familia que lo recibió con los brazos abiertos, sino con ex convictos, en una casa sórdida que olía a excrementos de perro y en la que la comida decía "No tocar". Cuando se fue, había perdido más de 14 libras.
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Síguenos por TwitterVillarreal se había inscrito en un costoso programa de estudios en el exterior que prometía un "año inolvidable" en Estados Unidos. Pero lo que encontraron él y muchos otros estudiantes en el noreste de Pensilvania fue un trato casi abusivo. "No veía la hora de terminar con esto", dijo Villarreal.

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La situación vivida por los estudiantes en Scranton estremeció los programas de intercambio y planteó interrogantes acerca de los mecanismos empleados para asegurarse de que los estudiantes están en sitios seguros y tienen una experiencia positiva.
Si bien el gobierno dice que la mayoría de los estudiantes se van contentos, algunos sectores afirman que una limitada supervisión, combinada con malas prácticas y una escasez de familias calificadas para recibir gente, han dado lugar a abusos mentales, físicos e incluso sexuales.
Terra/AP
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