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Doña Catalina Santos, de 47 años, vive en una zona pobre de la periferia sureste de San Salvador en donde es constante el asedio de ladrones y pandilleros, pero ahora cree que la inseguridad cambiará en su barrio pues ahí se desplegaron parte de los 2.500 soldados que tratarán de frenar la ola de violencia que sacude al país.
Catalina tiene una pequeña tienda de productos de consumo diario que abre desde muy temprano en la colonia Santa Marta, escenario de constantes ataques entre las pandillas Mara 18 y su acérrima rival, la Mara Salvatrucha o MS-13.

Los numerosos grafitis con los nombres de esas agrupaciones también se lo recuerda a quienes ahí viven.
Tras ser víctima de constantes asaltos a mano armada, ya está cansada de tanta inseguridad, pero no tiene fuerzas para establecerse en otro sitio.
"Hace un año y medio acá en la colonia unos mareros (pandilleros) apuñalaron a mi esposo en el estómago porque no quizo darles un dólar... cuando esas cosas suceden uno piensa que para esos malditos la vida de las personas no tiene valor y es mejor evitarse problemas con ellos", dijo con sus ojos llenos de lagrimas doña Catalina a la AFP.
Cerca de la tienda de doña Catalina un soldado mira a un lado y otro de la calle en busca de sospechosos.
Es uno de los 2.500 que en la madrugada de este viernes desplegó el gobierno en 19 municipios ubicados en cinco de los 14 departamentos del país con mayores índices de inseguridad, que deja una media de 14 muertes diarias en el país, convirtiéndolo en uno de los más peligrosos del mundo.
Enfundados en sus impecables trajes camuflados verde olivo, mochila a la espalda y portando su fusil de asalto estadounidense M-16, su misión "es proteger a la ciudadanía", dice a la AFP Dionisio Rivera, de 22 años.
"Sólo hemos hecho un par de registros de unos tipos sospechosos, pero por lo demás no tenemos novedades, quizá estos jodidos (los delincuentes) ya saben que anda la tropa por aquí y no tienen valor de salir", comentó Rivera mientras suelta una carcajada, pero inmediatamente asegura que "nuestra misión es seria".
Tras permanecer un par de horas patrullando en Santa Marta, una decena de soldados emprenden camino a pie hacia otras colonias vecinas aún más peligrosas y en donde ya patrullan otros grupos de militares.
A un par de kilómetros de la colonia Santa Marta, otros soldados caminan sobre una línea ferrea. Delante, presurosa, camina la maestra Heidi Campos de 24 años, que se dirige a su trabajo en un parvulario.
"Se siente más seguro. Antes en la mañana se veía a los pandilleros pidiendo dinero a la gente en las calles, hoy como que se los tragó la tierra", afirma Heidi, mientras se apresura a abordar un autobús.
Los 2.500 soldados salieron a las calles por seis meses por orden del presidente Mauricio Funes, para sumarse a otros 1.600 que ya colaboraban con la policía desde hace un tiempo en tareas de seguridad pública.
El nuevo contingente de militares salió a las calles en localidades en los centrales departamentos de San Salvador y La Libertad, así como en los occidentales de Santa Ana y Sonsonate y en el oriental de San Miguel.
La inseguridad es uno de los mayores desafíos de Mauricio Funes, el presidente del primer gobierno de izquierda en El Salvador, que asumió el pasado 1 de junio.
Hasta el 18 de octubre habían sido asesinadas 3.492 personas, un millar más que en el mismo período de 2008. Entre los asesinados se cuentan el fotógrafo francoespañol Christian Poveda, ultimado el pasado septiembre por los mismos pandilleros a los que retrató en su filme "La vida loca".
El 60% de esos asesinatos son atribuidos a las maras, que también mueven sus tentáculos a través de la extorsión a comerciantes y transportistas y trafican con drogas y armas.
Para el analista Dagoberto Gutiérrez, el gobierno de Funes "ahora se está jugando una partida con la seguridad pública", en donde "si no funciona la salida de soldados a la calle para parar la violencia" se empujaría a la población "a tomar la justicia por sus manos creando un clima casi de guerra civil y eso sería peor".
Terra/AFP
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