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Los fantasmas del Cine Teatro Rossini | Cambalache
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Los fantasmas del Cine Teatro Rossini

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De niño pasé horas en esa sala inmensa, con las butacas de cuero color verde y respaldos de madera. En la pantalla desfilaban John Wayne, Sofia Loren, Luis Sandrini y Jerry Lewis, todo en la oscuridad, donde mi mente volaba a tierras distantes. Era el Cine Teatro Rossini, el de la calle Libertad, en la ciudad donde nací hace 53 años, Nueve de Julio.

Durante varios años, cuando era un pibe que iba a la escuela primaria, iba al cine casi todos los días. Caminaba las nueve cuadras por la calle Libertad y con una moneda de diez pesos argentinos, compraba unos caramelos en el kiosquito al lado del cine. Y con lo que me quedaba pagaba la entrada. El cine era un templo, con inmensas columnas en la entrada, con puertas de vidrio. Una vez en el hall, había escaparates de madera, con las películas para cada día, dos por función. Cada uno tenía varias fotos de la película y abajo, el poster del film.

De lunes a viernes daban dos funciones y dos películas cada día. Los viernes, recuerdo, era el día dedicado al cine en castellano. Allí vi todo lo de Luis Sandrini, José Marrone, Libertad Lamarque, Los Cinco Grandes del Buen Humor, Palito y alguno que otro bodrio mexicano.

Amaba el cine. Eran los años en que solo unos pocos tenían tele (yo tuve la caja boba recién cuando cumplí los 14 años).

Aún recuerdo el telón que cubría la pantalla, lleno con las publicidades de los negocios nuevejulienses de entonces, como la tienda El Siglo, la heladería Ciro, los salones de belleza, talleres mecánicos, restaurantes y hasta la academia para aprender a escribir a máquina. Yo siempre me sentaba en la fila cinco, butaca número uno, a la izquierda. Si iba con los amigos del barrio, como los fines de semana, me sentaba con ellos, en el medio.

En ese templo de las imágenes a todo technicolor y en cinemascope, vi joyas como 'Ben Hur', 'La novicia rebelde', 'Los cañones de Navarone' y 'Canuto Cañete, conscripto del siete' con el gran Carlitos Balá. No faltaron las películas 'oscuras', como 'El fantasma de la Rue Morgue', y un montón de bodrios con Henry Silva y un tal Victor Mature.

Los domingos daban el 'matinee', con un capítulo de una serie de aventuras, como 'El maravilloso enmascarado' o 'El capitán Maravilla', todos en un glorioso blanco y negro. Y para cerrar, la película de 'cowboy', donde los buenos eran los vaqueros y los malos eran los pobres indios.

Eran los años de la inocencia y los caramelos. Eran los años de mi niñez, librada de problemas y llena de magia y sencillez.

Unos 35 años después, cuando yo tenía 43 años, regresé a Nueve de Julio. Y volví a caminar la calle Libertad. El kiosco, con su mostrador lleno de caramelos Sugus, Toblerones, Bazookas y alfajores de dulce de leche, ya no estaba. Lo que era el Cine Teatro Rossini ahora era el Centro Cultural. Todavía estaban las columnas y las puertas de vidrio. Y entré. El hall me pareció mucho más chico que como me lo imaginaba (es que de niño, todo le parece a uno inmenso). Y ya no estaban las carteleras.

El lugar estaba cerrado. Le pregunté a una persona que estaba allí si podía ver el interior de la sala donde funcionaba el cine. Me dijo que sí y me condujo tras las puertas vaivén de cuero marrón, las mismas por las que atravesaba de niño….y allí, de repente, estaba en el templo de mi niñez. Todo era más pequeño. Pero estaban las butacas, lo que era la pantalla y detrás, los dos pisos de 'gallinero', las gradas.

Fui a la butaca uno de la fila cinco y me senté. Hizo el mismo ruido. Mi mente voló hacia fines de los años sesentas. Cerré los ojos y escuché a Gregory Peck, a Kirk Douglas y a Ernest Borgnine. Aún me parecía ver los subtítulos en las letritas color blanco, que me sirvieron para aprender a leer con mucho más entusiasmo que con los aburridos libros de la escuela.

Lloré, como lo hizo el personaje de 'Cinema Paradiso', cuando volvió a la sala del pueblo de su niñez y vio uno a uno, los besos censurados del maldtito cura.

Han pasado más de 40 años desde aquellos días y aún me persiguen los fantasmas del Rossini, como duendes cansados pero felices. Amo el cine gracias a aquella sala de la calle Libertad, donde todas las tardes me esperaba la butaca uno de la fila cinco.

Eduardo Orbea Eduardo Orbea

Eduardo Orbea

Es periodista argentino con experiencia en redacciones de Estados Unidos y de Argentina. Bicultural, bilingüe, le interesan los temas que salpican a los hispanos que viven en EE.UU.



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