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29 de abril de 2012 • 05:46 AM

Cómo rastrear los ancestros hasta el hombre de Neandertal

 

Una reciente prueba genética confirmó lo que ya sabía sobre el origen de mis ancestros: judíos europeos. Pero me reservó una sorpresa: mi antepasado neandertal.

En muchas familias, parece haber siempre alguien interesado en la genealogía. En mi familia soy yo.

Cuando tenía 11 años, sometí a mi abuela a su primera entrevista sobre nuestras raíces. Ella, Ray Zall, amablemente respondió a todas mis preguntas acerca de su niñez en lo que hoy es Bielorrusia.

La grabación, que todavía conservo, empieza de modo grandilocuente: "Soy Carol Zall entrevistando a Ray Zall, mi abuela, o Bobe, en yiddish. Señora Zall, ¿podría contarme acerca de su infancia?"

Con su marcado acento mi abuela me narró: "Nací en un pequeño pueblo llamado Kashuki".

Yo nunca había oído hablar de Kashuki. Y todavía no soy capaz de señalarlo en un mapa.

"¿Cerca de que país está?" Le pregunté confundida.

"De Rusia y Polonia", respondió ella.

ADN

Mi abuela nació en el año 1900, en lo que hoy es Bielorrusia, pero entonces era Polonia y formaba parte del imperio ruso.

Algunos de mis antepasados venían de lugares igualmente vagos en países que ya no existen como Austria-Hungría. Todo esto ha hecho que mis raíces sean muy difíciles de rastrear.

Pero 34 años después de la entrevista que grabé con mi abuela, hay formas nuevas y reveladoras de averiguar nuestro árbol genealógico.

Los avances en el campo de la genómica han hecho posible usar el ADN de una persona para saber la procedencia de sus antepasados.

Un número de compañías -no todas igual de rigurosas- ofrecen estas pruebas, y por alrededor de US$200 llegué a un acuerdo con una firma llamada 23andMe(el nombre deriva del hecho de que todos tenemos 23 pares de cromosomas).

Lo siguiente fue enviar una muestra de saliva.

Como me explicó Joanna Mountain, directora general de investigación en 23andMe, "el ADN se fragmenta y se coloca en lo que llamamos un chip".

El ADN humano es como un código formado por tres mil millones de letras.

Compañías como 23andMeno se fijan en todas esas letras (o posiciones, como ellos los llaman).

Miran a un pequeño porcentaje de ellas -alrededor de un millón- para estudiar aspectos como posibles tendencias a padecer enfermedades o los detalles de nuestro pasado.

Barras y cromosomas

Siempre he sabido que mi familia era judía. Mi árbol genealógico completo, hasta donde yo sé, se compone de judíos de Europea también conocidos como ashkenazis.

Siempre he imaginado a mis antepasados como personas que hablaban yiddish, vivían en Europa del Este y escuchaban música klezmer.

Sin embargo, debido a siglos vagando por Europa, y viviendo en diversas poblaciones, me he preguntado si alguno de mis ancestros se pudo haber reproducido con alguien de diferente origen.

Después de todo, mi abuela materna y todos sus hermanos eran pelirrojos y de ojos azules, como mi propia hermana.

Finalmente llegó el resultado de la prueba de ADN.

"Parece que alrededor de dos tercios del origen de la familia se remonta a antepasados judíos ashkenazis en Rusia, Polonia, Bielorrusia y otros países del entorno", explicó Joanna Mountain mientras mostraba mis cromosomas como barras separadas, con secciones de color azul.

Estas secciones representan los segmentos de genes compartidos con otras personas en la base de datos de su compañía.

Así es como las empresas determinan la ascendencia de alguien, mediante la comparación de los genes con los de poblaciones de las que ya tienen referencias.

Mi ADN tiene alguna semejanza con el de los genes de los judios de Marruecos, por ejemplo, pero es trivial en comparación con el número de segmentos de genes idénticos compartidos con los ashkenazis.

"Siempre ha habido al menos algún pequeño grado de intercambio entre las poblaciones de ashkenazis y los diferentes pueblos con los que han convivido", dice David Goldstein, director del Centro para la Variación del Genoma Humano en la Universidad de Duke, en Estados Unidos.

"Por lo tanto, es un poco complicado conocer los aportes de todos los tipos de poblaciones".

La Edad de Piedra y el futuro

No pude evitar sentirme un poco decepcionada: doscientos dólares y una muestra de saliva, para saber algo que ya sabía: que mis antepasados eran en su mayoría judíos de diferentes partes de Europa del Este.

Pero había unos detalles especiales.

Mi ADN mitocondrial (la pieza especial de ADN que se transmite de madre a hijo) se remonta a un antepasado femenino común en algún lugar de la Península Ibérica hace aproximadamente 15.000 años.

Y luego, otra información que nos traslada a la Edad de Piedra: la prueba permite saber cuál es el porcentaje -si lo hay- de ADN que proviene de los neandertales. El mío es del 2,7%.

El dato no es nuevo: casi todo aquel que no tiene un origen africano posee algo de ADN neandertal.

Ahora, que las investigaciones avanzan como nunca antes, en algún momento de la próxima década el costo de tener todo el genoma secuenciado -los tres mil millones de letras del código- será asequible.

Cuando eso suceda va a cambiar una vez más la genealogía genética, sostienen los expertos con los que hablé.

"Vamos a ser capaces de observar el genoma de un individuo y decir que tienen una mutación, la cual surgió en un pueblo en particular, digamos, en el sur de Francia", explicó Joe Pickrell, genetista de la Universidad de Harvard, en EE.UU.

"Podremos decir con certeza cercana al 100% que algún antepasado vino de un pueblo en particular".

Yo ahora espero el día en que pueda tener mi genoma completamente secuenciado y, finalmente, poder saber de dónde procedía mi familia antes de llegar a Kashuki.

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