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La violación a menores en Kenia, una tragedia cotidiana por combatir

27 jul 2013
03h30
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Ser niña en Kenia significa tener más de un 30 por ciento de posibilidades de sufrir algún tipo de abuso sexual durante la infancia y adolescencia, una impactante estadística que choca frontalmente con el escaso apoyo que reciben las víctimas por parte de su entorno.

Según un detallado estudio realizado por el Gobierno de Kenia, en colaboración con la ONU, antes de cumplir 18 años, un tercio de las menores kenianas habrán sido el objeto de algún asalto sexual.

Esta cifra la conocen bien en el Centro de Atención a Víctimas de Violencia Sexual que la ONG Médicos Sin Fronteras (MSF) opera en la barriada chabolista de Kibera, en Nairobi, una de las mayores de África.

Ahí, estiman que en torno al 25 por ciento de las personas que acuden en busca de ayuda son niñas menores de 12 años.

Zaina Ahamed, keniana de 46 años y una de las responsables de este programa de MSF, cuenta cómo, en la gran mayoría de los casos, las menores son violadas o agredidas por personas de su entorno, como vecinos, conocidos, miembros de la familia, o incluso sus padres.

"A los menores tenemos que darles más apoyo de lo normal, porque a veces los violadores son los propios padres, y por eso tenemos que cerciorarnos de que su entorno familiar es seguro", explica Ahamed a las puertas del centro, situado en una de polvorientas y caóticas calles de Kibera.

La trabajadora de MSF explica que, si no son los padres los violadores, en muchas ocasiones lo son los vecinos, en cuyo caso la comunidad de la zona suele situarse en contra de la víctima, a quien culpan de mentir o de crear una mala reputación para el barrio.

"Las víctimas vienen aquí porque no reciben ningún tipo de apoyo de la comunidad. Hay que ser muy fuerte para sobrevivir un caso así", subraya.

Ahamed dice que el mejor ejemplo que conoce es el caso de una niña de 12 años que fue violada por un vecino.

"La niña tardó una semana en contarles a sus familiares que había sido violada por el vecino. Cuando su hermana se enfrentó al violador, él lo negó en rotundo, pero una hora más tarde se había suicidado", explica.

Lejos de recibir el apoyo del resto de los vecinos de la zona, la niña fue acusada de haber sido la culpable de la muerte del vecino.

"Tal fue el acoso hacia la víctima, que la niña tuvo que mudarse a otro vecindario", cuenta Ahamed con la naturalidad de quien ha visto cientos de casos similares.

Pero no son sólo las niñas las que cuentan con una red de apoyo prácticamente inexistente, sino que las mujeres, ya adultas, también sufren el mismo rechazo.

Según Ahamed, muchas mujeres que les comunican a sus maridos que han sido violadas son expulsadas de sus hogares, o acusadas de ser unas mentirosas.

"Muchos hombres acusan a sus esposas de mentirosas, de decir que han sido violadas cuando en realidad se trataba de una relación consentida", señala la trabajadora de MSF.

A causa del estigma y el rechazo que conlleva haber sido violada, y de la escasa confianza que los kenianos tienen en sus fuerzas del orden y en su sistema judicial, la mayoría de las violaciones ni siquiera se denuncian ante la Policía, aunque Kenia cuenta con leyes que imponen duras penas a los violadores.

Sin embargo, Helen Achieng, residente de Kibera de 49 años, sí que denunció a las autoridades haber sido violada, pero sin resultado.

Helen vive en Kibera desde hace 18 años, después de la muerte de su marido, que, sospecha, falleció de sida.

Ella, que resultó infectada del VIH, fue violada una noche cuando volvía con un grupo de amigos de un acto en el que trataban de recaudar dinero para poder pagar el funeral de una buena amiga.

De camino a casa, se encontró con un grupo de hombres armados que la llevaron, junto con otra compañera, a un bosque cercano.

Allí, fue violada por cuatro hombres distintos durante más de tres horas.

Los violadores nunca fueron arrestados por la Policía ni procesados, a pesar de que, después de acudir en busca de ayuda al centro de MSF, puso una denuncia.

Además de la incompetencia de las autoridades, Helen está cansada del escaso apoyo y comprensión que ha recibido por parte de sus vecinos, con los que ha convivido cerca de dos décadas.

"Los vecinos que han oído que me han violado dicen muchas gilipolleces. Algunos preguntan que por qué iba por la calle a esas horas, que quizá era lo que estaba buscando, que yo quería que me violaran", explica con amargura.

"Dicen que he cambiado, que me he vuelto negra, que llevo el pelo muy corto y que estoy más delgada", continua Helen.

Incluso su hijo mayor, el hombre de la casa, le pidió que no denunciara a los violadores, que no siguiera investigando la identidad de sus agresores, como si así se fuera a olvidar el suceso.

"'Ha sucedido y punto, ahora hay que dejarlo pasar', me decía mi hijo".

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