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14 de junio de 2012 • 11:29 AM

Cómo arreglar el sistema migratorio

En Estados Unidos existen unos 11 millones de indocumentados.
Foto: Getty Images
 

Nuestro sistema migratorio está quebrado, todo el mundo está de acuerdo con esto. Pero nadie acepta el reto político de reformarlo. Nadie. Ni los demócratas, ni los republicanos. Nadie.

Lo triste es que mientras sobran las razones por las que nadie se pone de acuerdo, los 11 millones de indocumentados que residen en el país continúan viviendo en la incertidumbre, a la sombras, temiendo dar un paso en falso que los deporte de regreso al país al que no quieren regresar.

Pero no solo existen los indocumentados cuando de inmigración se habla. Están los inmigrantes con cualidades excepcionales, aquellos que cualquier país daría oro por tenerlos. Cualquiera, menos Estados Unidos.

Un ejemplo es Canada, donde casi el 65% de las visas que se otorgan en ese país están basadas en el talento de los solictantes, en sus cualidades, más que en la relación de parentesco con un ciudadano o residente, como ocurre en Estados Unidos, donde la mayoría de las visas se aplican en esos casos.

Dos tercios de los residentes que ingresan a EE.UU. cada año, lo hacen gracias a una petición familiar, de parentesco. Y esto tiene que cambiar si Estados Unidos quieres mantenerse competitivo en el mercado mundial. Los técnicos en computación nacidos en el extranjero están siendo atraídos por otros países.

La mayoría de los estudiantes extranjeros que culminan sus estudios en universidades de EE.UU. regresan a sus países para ejercer sus flamantes profesiones. Mientras, las principales empresas norteamericanas enfrentan el problema de cubrir más de 3 millones de puestos en áreas de alta tecnología. Existe un programa de visas para estos casos, las llamadas H1-B visas, pero su cupo anual es tragicómico: Se llena a los días de lanzarse.

Otro tema es la porosa frontera que separa Estados Unidos de México. Si bien es importante resguardarla, no debe estar en el centro del debate. Después de todo, ninguno de los terroristas que secuestraron los aviones aquel nefasto 11 de septiembre de 2001 entró al país de manera indocumentada. Todos lo hicieron con visas.

¿Cómo se arregla el sistema migratorio? No es tan complicado como parece.

Sugiero tres pasos.

El primero se debe enfocar en los 11 millones de indocumentados. No pueden seguir viviendo así y es ilusorio pensar que se pueden deportar a todos. Por eso se debe detectar, detener y deportar a todos quienes tienen delitos graves en su contra. ¿Y el resto? Se abre un sistema para que soliciten una especie de permiso temporal que les permita 'blanquear' su situación, sacar un número de Seguro Social y ponerse al día con los impuestos.

Luego se les puede otorgar la residencia permanente, siempre y cuando demuestren que tendrán trabajo, que no se convertirán en una carga para el Estado y que demuestren que saben inglés. Algo similar se hizo con la última gran reforma migratoria que impulsó el entonces presidente Ronald Reagan en 1986 y que legalizó a más de tres millones de indocumentados.

En segundo lugar, se debe terminar con el sistema de cupos para las visas de empleo, las cuales no deberían estar más basadas en ofertas de trabajo, sino en las cualidades excepcionales del solicitante. Un extranjero no necesitará más atravesar el largo y sinuoso proceso de la certificación del Departamento de Trabajo y luego el proceso con el Servicio de Inmigración. Si tiene las cualidades que se buscan aquí, se le da la visa, que puede convertirlo en residente permanente.

Finalmente, se deben desbloquear las largas listas de espera para visas familiares para que en un máximo de tres años, no quede nadie en espera. Y a partir de allí, se debe agilizar el sistema para que las demoras no excedan más de un año.

De esta manera se regularizan millones de indocumentados, se abren las puertas a los extranjeros con capacidades laborales que se necesitan aquí y se agiliza el sistema de reunificación familiar.

Es hora de que el Congreso tenga el valor y el coraje político para poner en marcha la reforma.

Eduardo Orbea Terra