EE.UU.

publicidad
21 de enero de 2013 • 08:18 AM

Cuatro años y cuatro retos para Obama

Obama comienza su segundo mandato.
Foto: Getty Images
 

La primera regla de los pronósticos políticos es exagerar el pesimismo: mejor equivocarse para el lado del escepticismo que para el lado de la ingenuidad. Quizás por eso, casi todos los comentarios al comienzo de un término presidencial destacan los desafíos y pasan en puntitas de pie por las oportunidades. Es lo natural, y este artículo va a estar enfocado más en los “retos” del presidente Barack Obama en su segunda presidencia, que empieza hoy, que en sus ventajas.

Pero es imposible mencionar estos desafíos sin compararlos con los desafíos que enfrentó Obama hace cuatro años: los mercados financieros estaban congelados, la economía perdía 800.000 empleos por mes y las automotrices de Detroit, un pilar histórico del orgullo industrial del país, estaban al borde de la bancarrota.

La situación, ahora, es bastante distinta. Por un lado, la economía parece estar dando señales estar poco a poco saliendo del pantano. Por otro, la nitidez del triunfo electoral de noviembre les ha permitido a Obama y a los demócratas obtener una renovada autoestima en asuntos que parecían espinosos o fuera de agenda, como la reforma migratoria y un control más estricto de la venta de armas.

Todas las presidencias son difíciles, y el Partido Republicano es un adversario batallador, con experiencia en recuperarse de derrotas peores que ésta. Pero sería absurdo no mencionar que este segundo mandato parece bendecido por una combinación de factores políticos, económicos y culturales que podrían convertirlo en una presidencia fundamental de la historia reciente de Estados Unidos.

En un sistema político dividido y burocrático, en el que cada vez es más difícil dirigir los asuntos públicos desde la Casa Blanca, Obama tendrá una oportunidad poco habitual en las últimas décadas. Es cierto que su partido controla el Senado pero no la alborotada Cámara de Representantes, que en los últimos meses se ha convertido en un dolor de muelas para el presidente.

Pero en algunos de los retos que vienen, los republicanos, quemados por la derrota y envueltos en un inédito proceso de introspección, están dispuestos a extender una ofrenda parlamentaria. Para beneficiar al presidente pero, sobre todo, para beneficiarse a ellos mismos. Obama tiene, como se dice en inglés, el viento detrás de sus velas. Hemos elegido estos cuatro retos:

1. Inmigración. La ceremonia de inauguración tendrá (o ha tenido, según la hora en que leas esto) un indiscutible sabor latino. Richard Blanco leerá un poema y el pastor Luis León dará una bendición. Su participación, invitados por la Casa Blanca, tiene una carga simbólica importante, porque es una forma de agradecer el apoyo electoral en noviembre de los votantes hispanos, que prefirieron a Obama 73% contra 27% sobre Mitt Romney. Y esa una forma de sugerir, también, que la reforma migratoria esta vez va en serio.

Obama está trabajando en una propuesta de reforma general de inmigración que regularizaría la situación de los indocumentados (que igual deberían cumplir ciertos pasos y condiciones) y relajaría las condiciones para futuros inmigrantes, según reportes publicados por la prensa. Parece el tipo de propuesta que los Republicanos jamás votarían, pero el senador republicano Marco Rubio ha presentado hace unos días una propuesta más restrictiva que la de la Casa Blanca pero en cualquier caso mucho más favorable a la inmigración que el promedio republicano antes de las elecciones. Hasta la masacre escolar de Newtown, en diciembre, la inmigración parecía la prioridad reformista número uno en la agenda presidencial.

Quizás ahora deba competir con la reforma a la posesión de armas. En cualquier caso, las señales son abundantes y la indecisión de los republicanos sobre el tema podría abrir una puerta muy pronto.

2. Déficit fiscal. Aunque los números recientes de creación de empleo son satisfactorios, buena parte de la recuperación podría quedar empantanada por culpa del Congreso. Antes de fin de año, la Cámara de Representantes resolvió a última hora un entuerto en el que podría no haberse metido nunca, y ni siquiera lo resolvió por completo. “Pateó el problema para más adelante”, como decimos los que gustamos de las metáforas futbolísticas.

El próximo mini-apocalipsis es aumentar el “Debt Ceiling”, o techo de la deuda, el mes que viene. Probablemente Obama logrará finalmente un acuerdo de los republicanos, pero en algún momento hará falta una solución amplia a la cuestión del presupuesto y su sostenibilidad en el largo plazo. Obama no puede estar apagando incendios presupuestarios cada dos meses, gastando una energía y un capital político que necesita (o prefiere) dedicar a otras cuestiones.

3. Armas. En su primer mandato, Obama prefirió no prestarle demasiada atención política al debate sobre la tenencia de armas de fuego. Cuando se produjeron tiroteos o asesinatos colectivos, el presidente acompañó a las víctimas y les dedicó, como en Aurora (Colorado) o con la congresista baleada Gabby Giffords, discursos conmovedores sobre la irracionalidad de este tipo de actos. Pero no iba más allá: no prometía nada.

El mes pasado, en los días siguientes a la masacre de Newtown, en Connecticut, algo cambió en el orden de prioridades presidencial. Obama presentó la semana pasada un amplio plan de reformas para la tenencia legal de armas (más controles sobre los compradores, prohibición de la venta de fusiles de asalto, entre otras medidas) que lo ha enemistado con la poderosa Asociación Nacional del Rifle (NRA) pero que tiene buenas posibilidades de atravesar las arenas movedizas parlamentarias. En este tema, como en muchos otros, los republicanos están divididos: la Casa Blanca podrá aprovechar estas aguas revueltas.

4. Política exterior. En octubre del año pasado, en el tercer debate de campaña entre Obama y Romney, el tema era “política exterior”, pero podría haber sido llamado “Medio Oriente”, porque casi no se habló de otra cosa. Apenas se mencionó a China o a Europa (no se mencionó a México ni al resto de América Latina): el mundo, para los moderadores del debate, parecía compuesto por Israel, Palestina, Irán, Libia y sus vecinos. Y tenían bastante razón: las credenciales internacionales de las presidencias estadounidenses de esta era se juegan en Medio Oriente.

En política exterior, se puede decir que Obama cumplió razonablemente bien con sus promesas de campaña: retiró las tropas de combate estadounidenses de Irak y ya está anunciado el progresivo regreso de las tropas que combaten en Afganistán. El resto del panorama está menos claro.

La Primavera Árabe tomó por sorpresa a la Casa Blanca, como a todo el mundo. Ahora deberá lidiar con sus consecuencias, empezando por Siria, donde están muriendo cientos de personas por día en un conflicto sin final a la vista; siguiendo por Egipto, cuya estabilidad democrática está bastante menos que asegurada; y terminando por Israel-Palestina, ese planeta en miniatura donde los presidentes eligen la prudencia porque no se atreven a dar ni un paso en falso.

Quizás sea esto lo que algunos, como la revista The Economist de la semana pasada, más le critican a Obama: que no haya intentado tener una huella más activa en su política exterior, que se haya conformado con gestionar (exitosamente y sensatamente) los conflictos que le fueron apareciendo en la pantalla. Bill Clinton y George W. Bush tuvieron visiones bastante claras (y con frecuencia opuestas) sobre el futuro de Medio Oriente y el rol de Estados Unidos en la región. Pero ambos lograron esa claridad en sus segundos mandatos, sobre todo Clinton. Quizás sea el momento ideal para que Obama, si los problemas domésticos le dejan tiempo y energía, decida involucrarse y dejar también su huella.

Terra