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Huracán Sandy: crónica de una jornada imprevisible

30 oct 2012
10h29
actualizado a las 10h31
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6:00PM del lunes: Conferencia de prensa del alcalde. Bloomberg intenta comunicar tranquilidad y firmeza. Nos pide a los vecinos que, si vivimos en alguna de las llamadas Zonas A, dejemos nuestras casas y vayamos a un refugio. Y que, si vivimos en el resto de la ciudad, cerremos las ventanas y no vayamos a ningún lado. Repite sus instrucciones en español. Su acento todavía necesita trabajo, pero definitivamente ha mejorado desde hace un año.

Nueva York despertó el martes como una ciudad desolada, tras la pesadilla de Sandy.
Nueva York despertó el martes como una ciudad desolada, tras la pesadilla de Sandy.
Foto: Getty Images

La estrella de la conferencia de prensa, sin embargo, es Lydia Calas, su intérprete para sordos: concentrada en su trabajo y enormemente expresiva –no habla sólo con sus manos, habla con todo el cuerpo–, se convierte casi instantáneamente en una sensación en Internet.

7:00PM: Se ha hecho de noche. Las noticias indican que Sandy ha tocado tierra entre Delaware y New Jersey, reduciendo su velocidad pero acercando su impacto. El viento es cada vez más fuerte, pero siempre inconstante: momentos de relativa calma son sucedidos por latigazos inesperados y filosos, que hacen temblar las ventanas y disparar las sirenas. No hay por ahora repercusiones confiables sobre la situación en Nueva York. Muchas de las fotos que circulan por las redes sociales, como una que muestra a la Estatua de la Libertad coronada por un tornado amenazante, resultan ser falsas.

8:00PM: El árbol frente a la puerta de casa se ha caído. Se ha desperezado con un “crrrack” que sonó como un trueno y después se desvaneció lentamente, como en cámara lenta, hasta cortar la calle. Cayó encima de un viejo Volkswagen Jetta plateado, uno de los pocos autos que quedaban estacionados en la cuadra. Minutos después, un grupo de vecinos y curiosos se ha congregado alrededor de las raíces levantadas. Parecen intercambiar opiniones sobre cuál sería el mejor rumbo a seguir. O quizás simplemente comentan lo sucedido y lo que está sucediendo: los fenómenos climáticos en general (y los huracanes en particular) generan una sensación de comunidad incluso entre vecinos que no se conocen o no se ven casi ninguna.

Momentos más tarde, el super del edificio de al lado, un irlandés bajito y gruñón que anda siempre con la misma gorra de béisbol gris, sale de su basement con una motosierra. La enciende, sin hablar con nadie, y empieza a cortar las ramas horizontales del árbol. Los vecinos miran. El motor de la motosierra pincha el aire, enmudeciendo por un momento el viento y la lluvia, que ya casi ha parado. Diez minutos más tarde, la calle ha sido liberada, las ramas y el tronco del cadáver de árbol apilados a un costado y el propio Jetta, con el baúl abollado y el paso un poco torpe, ha logrado zafarse y se ha alejado tranquilamente.

9:00PM. Pasa una cosa muy extraña. Cuando asomo la cabeza por la ventana, el aire está limpio, perfumado y tibio (la temperatura es de 16ºC, o 60ºF). Huele a mar y a hojas húmedas. Me dan unas ganas enormes de desafiar la autoridad combinada de Sandy y de Michael Bloomberg, que nos han urgido a quedarnos quietos. Por el momento, decido obedecer. Mientras tanto, comienzan a llegar noticias de nuestros amigos y vecinos, la mayoría de ellas negativas: la gente se conecta a Facebook para anunciar que su barrio se ha inundado o para decir que se han quedado sin electricidad.

Amigos en el sur de Manhattan, en Nueva Jersey y en Long Island avisan que están bien pero a oscuras, comunicándose desde sus teléfonos, que todavía funcionan. El viento sigue sacudiendo fuerte, pero ya es difícil decir si es más fuerte o más débil que hace una hora. La vieja ventana de madera de nuestro baño se sacude y tiembla fuera de control, haciendo un ruido terrible. Toda la noche va a parecer estar a punto de estallar.

10:00PM. Explosiones a lo lejos, en el horizonte, como si fueran relámpagos o fuegos artificiales. Dicen que son transformadores eléctricos, achicharrados por el agua salada que viene desde la orilla. Barrios enteros que se van quedando sin luz. En casa, las lámparas pestañean incontrolablemente. Mientras esperamos el momento fatal (hemos preparados las velas y la linterna), nos quedamos sin TV por cable y sin Internet, pero con luz..

Prendemos, después de meses sin hacerlo, la radio. Y nos sentamos a oír las novedades, que no son buenas: la altura del agua en Manhattan es récord, hay más de un millón de personas sin electricidad en el área metropolitana de Nueva York y se ha identificado al primer muerto, un hombre de Queens a quien le cayó un árbol encima de la casa.

11:00PM. “Lo peor ya pasó”, dice Bloomberg en la radio. Pero insiste en que nos quedemos en casa y no hagamos tonterías. Usa, en efecto, la palabra “macho”. “No se hagan los machos”, pide, primero en inglés y después en español. La arenga del alcalde tiene, en mi mujer y en mí, el efecto opuesto. Nos da ganas de salir a explorar. Hemos estado encerrados desde la mañana y nos hemos anestesiado (ya no nos parece tan terrible) al ruido del viento y al aleteo de las ventanas.

Nos vestimos y bajamos a la calle, pero es una decisión equivocada. Nuestra intención era caminar las cuatro o cinco cuadras hasta Floyd, nuestro bar favorito del barrio, ver si estaba abierto y, eventualmente, tomarnos un trago a la salud de Sandy. Pero no pudimos llegar. Los chasquidos del viento, arremolinado e imprevisible, nos ponían paranoicos, porque no sabíamos qué esperar. En los momentos más difíciles, las ramas de los árboles bailaban y chirriaban apenas por encima de nuestras cabezas. Parecía una película de terror. O, más precisamente, un escenario post-apocalíptico.

No había nadie en la calle (nos cruzamos con una persona, en bicicleta, que no nos hizo ningún gesto) y sólo se oían las sirenas endemoniadas de los bomberos y la policía, acercándose o alejándose por las avenidas. Las calles y las veredas estaban tapadas de hojas y ramas descolgadas por el viento y apelmazadas por la lluvia. A mitad de camino, asustados y confundidos, volvimos a casa, con un nuevo respeto por el huracán.

12:00AM Martes. Seguimos sin Internet ni televisión, pero con electricidad. El viento parece haber amainado, y ha empezado a llover otra vez. Circulan fotos, que esta vez parecen reales: las estaciones inundadas del subway (¿cuántos días tardará en regresar?), los túneles llenos de agua, la enorme fila de ambulancias para evacuar el hospital de NYU. A medida que Sandy pierde energía, también la perdemos nosotros. Después de varias horas de tensión, finalmente logramos relajarnos. Poco después estamos dormidos.

7:00AM. Sigue lloviendo. Afuera no hay nadie ni pasa ningún auto. En la televisión, las imágenes del desastre son conmovedoras. Se mezclan una sensación de relativo alivio, porque la tormenta ya pasó y ya es un nuevo día, con la pesadumbre de comprobar que el trabajo verdadero empieza ahora. Veo en la tele a un tipo joven y musculoso de Rockaway Beach, que desafió a Sandy toda la noche en su departamento sobre la playa, decir: “Esto es realmente grave. No es una cosa que podamos sacudirnos de un día para el otro”. Ésa es mi sensación en este momento.

Los neoyorquinos están (o estamos) acostumbrados al presente permanente, a creer que su ciudad indestructible y que cualquier problema eventual puede derrotare y olvidarse en un par de horas. Hasta anoche, uno confiaba en que Sandy iba a ser algo parecido: un “problema” intenso y complicado, que iba a demandar lo mejor de nosotros mismos pero que dejaría a la ciudad virtualmente entera, lista para volver rápido a sus rutinas de siempre. Me parece que no va a ser el caso. Nueva York va a tener que dedicarse a tiempo a curarse y a tener paciencia. No está acostumbrada a hacerlo, pero no va a tener alternativa.

Terra

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