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Post-Sandy: Nueva York, una ciudad de cosas inadvertidas

31 oct 2012
13h04
actualizado a las 13h46
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En 1961, Gay Talese publicó New York is a City of Things Unnoticed (Nueva York es una ciudad de cosas inadvertidas), un ensayo sin narración ni argumento que se limitaba a enumerar, con precisión y poesía, cosas que había en Nueva York. Había “artistas y beatniks que viven en Greenwich Village”, “650 porteros de edificios residenciales y 325 porteros de hoteles (14 en el Waldorf Astoria)” y “gatos que duermen debajo de los autos estacionados”. Nueva York es una ciudad para excéntricos y una central de datos raros, decía Talese.

Una postal del distrito financiero el día después del paso de Sandy.
Una postal del distrito financiero el día después del paso de Sandy.
Foto: Getty Images

En el día después del huracán, con la ciudad empezando a sentir sus huesos y abriendo un primer ojo a la realidad de la vida post-Sandy, quise homenajear-copiar (la línea es fina) a Talese con un texto sobre qué cosas habían quedado en Nueva York. Especialmente en el downtown, el tercio sur de Manhattan que está hace dos días sin electricidad y sin agua y cuyos habitantes han salido a refugiarse, a pie o en bicicleta, a otros barrios de la ciudad.

El downtown glamoroso-turístico de Soho y Tribeca, o rockero-universitario del East Village, u oficinista-funcionario del Financial District. Buena parte de la energía de Manhattan está desconectada, tanteándose a sí misma en las paredes oscuras. Quise verlo con mis propios ojos, pero los trenes siguen cancelados y los puentes estuvieron cerrados casi todo el día.

Reemplacé mis ojos, entonces, con los ojos de miles de otros, que colgaron sus miradas en la web y en las redes sociales. Me puse a mirar a través de ellos, mientras hacían su propia enumeración. Así, vi largas avenidas a oscuras, sin semáforos ni iluminación pública: el tráfico ralo y espectral disparado en las esquinas.

Vi al artista Ermanski escribir mensajes útiles sobre las ventanas tapiadas del Soho. Sobre una ventana de Balthazar , un bistró francés, escribió: “Hasta cuatro días sin luz en NYC – Buses gratis martes y miércoles – Puentes del East River ya están abiertos”. Vi gente cortés, pero también vi gente maleducada. Gente muy distinta usando la misma metáfora: “Ciudad fantasma”.

En Church y Canal, una de las esquinas con más tráfico de Manhattan, vi a una mujer sola, vestida de negro , cruzar la calle. Detrás de ella, los comercios estaban cerrados y el asfalto, vacío, brillaba por el resto de lluvia reciente. Vi árboles caídos en Nolita , frente a la biblioteca, detrás del monasterio. Y en West Broadway y Walker, a la salida del Holland Tunnel . También vi el paso bajo nivel de la FDR, cerca de los ferrys, como una laguna verde esmeralda . Y gente subiendo 15 pisos hasta su departamento, en la oscuridad total, jadeando y transpirando, haciéndose bromas: “No te rías, no es gracioso”.

Antes había visto a Isabel Zapata caminar hasta el downtown y comprobar que no había electricidad. La oí decirle a su amiga : “Es impresionante ver a la ciudad que nunca duerme en completa oscuridad”. Vi a Battery Park encenderse de golpe, anoche, cerca de las diez. Y a Tribeca, a su lado, permanecer oscuro. En la noche levanté la vista y no vi nada: sólo la cúpula iluminada del Empire State Building , lejos, en la otra ciudad.

Vi a una pareja bajar en taxi desde Midtown y conversar con el chofer, que había llegado desde Kenya hacía dos años. Antes de dejar su país, el chofer había visto una película (probablemente, “Soy Leyenda”) donde Nueva York estaba vacía. “¡ Ahora soy un actor !”, comentó. Vi a una pequeña multitud apiñada afuera del supermercado Whole Foods, donde repartían gratis la comida congelada. Parecía una película, dijo uno de los vecinos, que se llevó un pollo y lasagna.

En la esquina de Prince y Elizabeth, en Nolita, vi varias personas haciendo fila bajo la lluvia para usar un teléfono público . Había un tipo con anteojos y chaqueta de cuero y una señora china vestida de rosa fosforescente. Hasta hace dos días, nadie prestaba atención a los teléfonos públicos, fósiles de una civilización extinguida. Ayer se sintieron importantes.

Vi a los amigos de Andrew Zimmerman caminar dos horas hasta su hotel, en Midtown, para darse una ducha y cargar sus teléfonos. A Nicky Hilton, la hermana de Paris Hilton, decirle Bye al downtown y Hello al Waldorf Astoria, donde pasará las próximas noches. Vi gente vagando por las calles desoladas del Soho, buscando un café y un cargador, y a un vecino socarrón diciendo: “Para ellos, esto es lo más parecido al Apocalipsis”. Vi a un tipo salir del cine de ver Cloud Atlas, caminar de regreso al downtown y sentir que estaba en una vida alternativa.

Vi el comedor lleno de agua de The Palm, un restaurante de Tribeca donde un steak cualquiera cuesta cincuenta dólares. Y la entrada inundada, completamente tapada de agua , a The Plaza Shops, un mall subterráneo con locales de ropa y patio de comida en el Distrito Financiero. Oí a un tipo llamado Harrison admitir que no tenía ganas de volver a dormir a su casa en el downtown: “Está lleno de fantasmas”. Y más tarde vi a otro tipo, llamado Ofer, jugar a las cartas con sus amigos del downtown, disfrutando de la luz de las velas.

Cuando se hizo de noche, vi cientos de personas punzando la oscuridad con sus linternas, caminando sin rumbo por el East Village o el Lower East Side. “Esto parece una gran cacería humana”, dijo alguien. A su lado, otro susurró: “¿Cuántos bebés serán concebidos esta semana? En la esquina de Broadway y White me paré y giré hacia el sur. Nunca había visto a Broadway tan vacía .

La ciudad parecía irreal. Kiril Savino caminó durante horas en la oscuridad, siempre hacia el sur. Sólo oía el zumbido de los generadores .

Vi a Cora Moyer sentada en un restaurante, fuera de peligro, con comida caliente y luz eléctrica, sintiéndose culpable mientras miraba por la ventana el downtown azabache . Vi entonces a otra persona recomendar, para los que tuvieran hambre, ir a Lombardi’s, una de as mejores pizzerías de la ciudad, porque estaba abierta. En los pocos bares abiertos, iluminados con velas, vi gente bebiendo vino tinto en silencio.

Vi también gente en la calle arremolinada alrededor de radios a transistores, escuchando las noticias, que no eran buenas. Gente, de noche, encendiendo antorchas improvisadas para hacerse visibles y desafiar el tráfico anárquico de las avenidas. O agitando varitas luminosas (glo-sticks) para llamar la atención de los taxistas. En una esquina, quizás en Broadway o la Sexta Avenida, me paré de frente al tráfico, con sus luces como cuernos . Y tuve miedo.

Pero también vi arco iris . Y la luna , llena, embrujando la ciudad oscura. Nueva York es, como decía Talese, una ciudad de datos raros y cosas inadvertidas. Para advertirlas se pueden usar ojos propios. O ajenos.

Terra

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