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Una excursión callejera por Brooklyn, antes del apocalipsis

29 oct 2012
14h23
actualizado a las 14h23
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En Brooklyn Heights, el barrio donde vivo, había esta mañana más tiendas abiertas de las que habíamos previsto. Cerrado el subway y suspendidos los autobuses, creíamos que la ciudad ya iba a estar acurrucada sobre sí misma, intentando protegerse lo mejor posible para el impacto de la tormenta tropical Sandy, que se espera para las próximas horas. Además, habíamos visto por televisión las imágenes de los bordes bajos de la ciudad, donde el agua ya había dado el salto y avanzaba por las calles, especialmente en el Downtown de Manhattan, en Red Hook (Brooklyn) y en el barrio de Jamaica Bay, en Queens.

Brooklyn, antes de la tormenta, con una tensa calma.
Brooklyn, antes de la tormenta, con una tensa calma.
Foto: Getty Images

¿Dónde está el huracán Sandy?

Bajamos entonces con mi mujer a la calle, con el objetivo de comprar leche y pan (que nos habíamos olvidado de comprar ayer), y en la primera esquina nos encontramos con un tipo de barba que cargaba dos bolsas con el logo de Sahadi’s, la histórica tienda de productos mediterráneos sobre Atlantic Avenue. Nos abalanzamos sobre aquel hombre como si fuera el último humano sobre la faz de la Tierra: “¿Está abierto Sahadi’s?”, le preguntamos. “Sí, todavía está abierto”, nos respondió, con una sonrisa.

Hacia allí salimos, entonces, casi trotando, bajo una lluvia finísima pero apenas perceptible. Había en el aire una atmósfera de apocalipsis, como si fueran los últimos minutos antes de un cataclismo bíblico. Y en cierta manera lo eran. Había poca luz y poco movimiento: el cine, los bancos, las oficinas públicas y las escuelas del barrio estaban cerrados. El tráfico era mínimo. Y el ruido normal del centro de Brooklyn, que a aquella hora de un lunes normal es alto y constante (ambulancias, obras en construcción, motores de camiones), estaba casi enmudecido. Sólo se oían los latigazos del viento.

Aun así nos sorprendió ver bastante gente en la calle. El barrio está a apenas 300 metros de las áreas de evacuación obligatoria, vacías desde anoche: a salvo (pero peligrosamente cerca) de las zonas de desastre. Algunas de las personas que veíamos tenían el gesto serio y concentrado de quien se prepara para una jornada difícil, como probablemente será la de esta noche y la de mañana a la mañana. Pero otras personas paseaban sus perros o trotaban por las sendas para bicicletas, aprovechando la relativa calma de la mañana para hacer ejercicio . Para muchas de estas personas, que no tienen que ir a trabajar (ni podrían, aunque quisieran), el día del huracán había amanecido como un feriado.

Antes de la tormenta

Sahadi’s, en efecto, estaba abierto. Nuestra explicación inicial era que los inmigrantes yemeníes dueños y empleados del local viven cerca, en el viejo enclave árabe de Atlantic Avenue, y por eso no necesitan ni el subway ni los buses para ir a trabajar. Pero después vimos que el supermercado Key Food, que no tiene nada de “local” ni de inmigrante, también estaba abierto. Y que también estaba abierta la farmacia Rite-Aid, en la esquina de Atlantic y Court Street. Cuando volvimos a casa, vimos en la televisión y en la web que otros barrios de la ciudad mostraban paisajes similares: negocios locales abiertos, peatones distraídos aprovechando la tensa calma para tomar aire y desafiar, como dirían los gringos, a “los elementos”.

¿Qué estaba pasando?, nos preguntamos. Para nosotros, que habíamos tomado nuestra excursión a la calle como una última aventura antes del bombardeo, esta sensación de normalidad era relativamente inexplicable. En “La Bagel Delight”, otro de los lugares históricos del barrio, paramos a comprar sandwiches de desayuno. Sus empleados, casi todos inmigrantes latinos, estaban ahí, preparando la comida y atendiendo a los clientes, como cualquier otro día. Le pregunté a Cynthia, la chica que trabaja en la caja registradora, cómo habían ido a trabajar esa mañana. “Conduciendo, en carro”, me respondió. Desde dónde, quise saber. “Desde Queens. Vinimos todos juntos en tres autos”. Eso explicaba parte del misterio.

En la televisión, mientras tanto, el gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, y el alcalde de la ciudad, Michael Bloomberg, advertían a la población de que no hicieran tonterías. “No hay ninguna necesidad de ir a la playa a tomar fotos”, dijo Cuomo. Esta mañana había muchísimas fotos en las redes sociales tomadas desde Coney Island y Rockaway Beach, dos de las playas neoyorquinas, documentando el avance de la tormenta y certificando el estereotipo del neoyorquino desafiante (y un poco arrogante) que no le tiene miedo a nada.

Bloomberg, un rato más tarde, intentó convencer a los vecinos de que Sandy era, en efecto, una tormenta peligrosísima. El problema de Bloomberg era que en agosto del año pasado había dicho exactamente lo mismo en los días anteriores a la llegada de la tormenta tropical Irene. La ciudad se parapetó con dedicación y esfuerzo, pero el paso de Irene resultó algo decepcionante. Provocó daños importantes en Nueva Jersey y en el estado de Nueva York (donde los trabajos de reconstrucción, según dijo Cuomo, todavía no habían terminado), pero su paso por la ciudad careció del clímax anticipado por las preparaciones y las advertencias.

La semana pasada, entonces, cuando los políticos y los medios de comunicación empezaron a murmurar el nombre de Sandy, los neoyorquinos se movieron con pereza, sospechosos de que la neurosis del gobierno fuera otra vez exagerada. Nadie quiere comprar galones de agua y paquetes de velas y encerrarse dos días en su casa a la espera de algo que finalmente sea (por usar la palabra más aplicada a Irene) un “fiasco”.

Pero nadie tampoco quiere quedarse atrapado en su casa sin las provisiones necesarias en el caso de que, en efecto, ocurra un corte de electricidad o de agua. Sobre esa duda puso el dedo Bloomberg, alertando a los vecinos de Nueva York de que Sandy era un monstruo mucho más temible que Irene. Y tenía razón. Cuando todavía faltan algunas horas para su llegada a tierra, Sandy tiene un diámetro de casi mil kilómetros, el doble del de Irene en este momento de su evolución.

Algo hemos aprendido: el año pasado, miles de vecinos y comerciantes marcaron las ventanas de sus casas y tiendas con “X” dibujadas con cinta aislante. Se suponía que, así, las protegían mejor de los golpes del viento y evitaban el estallido del vidrio. Al final se demostró que esas “X” no servían para nada y que, además, eran difíciles de quitar. Durante meses, después del paso de Irene, una vista habitual de la ciudad eran aquellas cruces con cinta plateada que sus dueños no habían podido quitar.

Este año, en cambio, casi no hay cruces. Las ventanas esperan el huracán desnudas, sin maquillaje, entregadas, como sus dueños, a esperar otro “fiasco”. A esta altura, un fiasco sería una gran noticia.

Terra

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