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11 de octubre de 2012 • 09:27 AM • actualizado a las 10:27 AM

¿A quién le importan los debates vicepresidenciales?

Joe Biden y Sarah Palin, cuando debatieron el 2 de octubre de 2008, en St. Louis, Missouri. Esta noche, Biden debatirá con el candidato a VP republicano, Paul Ryan.
Foto: Getty Images
 

Eso. A quién le importan.

Hasta hace una semana, una de las maneras principales de analizar las campañas en Estados Unidos era ésta: los debates entre los candidatos a presidente son una cáscara vacía, un espectáculo sin sorpresa ni contenido político, porque los candidatos se aprenden el guión y lo repiten hasta el hartazgo. Por eso mismo, si los debates entre candidatos a presidente son irrelevantes (sigue el razonamiento), los debates entre candidatos a vicepresidente son aún peores. No vale la pena verlos, nada bueno puede salir de allí.

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Eso era hasta hace una semana. Después de la paliza retórica que le pegó Mitt Romney al presidente Barack Obama en Denver, el miércoles pasado, los comentaristas de todo el país están ahora aprendiendo un libreto nuevo. Si Romney logró remontar, gracias a un debate, sus horribles números previos; y si Obama, por culpa de un debate, empantanó una campaña que parecía ganada, entonces cualquier cosa puede ocurrir. ¡Incluso en un debate entre potenciales vicepresidentes!

¿Puede, entonces, ocurrir cualquier cosa, en el debate de esta noche entre el vicepresidente Joe Biden y el candidato republicano, Paul Ryan? Sí y no. No se puede dar una sola respuesta. Biden es famoso por sus metidas de pata en vivo. Y también es famoso por no prestarles atención: el Partido Demócrata le viene rogando a Biden que cuide su bocaza (al menos en los momentos importantes), pero Biden responde con una sonrisa y una frase políticamente incorrecta, aunque normalmente divertida. El jovencito Ryan parece más serio y atildado, pero no es muy distinto. Como es un tipo inteligente y seguro de sí mismo, a veces cree que puede decir cualquier cosa y salirse con la suya.

O sea que si el debate de hoy en Kentucky no arroja enormes novedades políticas, al menos podremos verlo por su valor como entretenimiento. Es decir: como un buen programa de televisión. En este sentido, algunos de los debates vicepresidenciales de las últimas décadas ofrecen lecciones para copiar y para evitar.

Los momentos memorables

El álbum de fotos memorables de los debates vicepresidenciales no es muy extenso, pero hay un momento que casi todo el mundo en Estados Unidos recuerda. Ocurrió en 1988 en el debate entre el candidato republicano Dan Quayle (vicepresidente, desde poco después, de George Bush padre) y el retador demócrata, Lloyd Bentsen. A Quayle se lo criticaba en esa época por ser demasiado joven e inexperto, entonces el tipo dedicaba casi toda su energía a decir que no, que era un político muy experimentado. Se comparaba a sí mismo con John Kennedy: “Cuando Jack Kennedy compitió por la presidencia, tenía la misma experiencia legislativa que tengo yo ahora”, dijo durante el debate. Y Bentsen, usando sus únicos 15 minutos de fama nacional, le respondió: “Senador, yo fui a la guerra con Jack Kennedy. Conocí bien a Jack Kennedy. Jack Kennedy era mi amigo. Y usted, Senador, no es Jack Kennedy”.

Frases como ésta aparecen hoy más en reality shows como Jersey Shore o The Real Housewives of Beverly Hills, pero entonces todavía eran posibles en la política. Algunos analistas optimistas están diciendo ahora que Biden y Ryan, dos políticos con demasiado orgullo como para ceñirse a los dictados de sus asesores, podrían proporcionarnos momentos similares de brillantez televisiva.

El otro día el New York Times le preguntó a Quayle qué recuerdos tenía de la frase de Bentsen. “Fue una buena frase”, respondió. “Pero no movió la aguja”. Es poco probable, entonces, que esta noche se mueva la aguja política. Pero es mucho más probable que se mueva la aguja del espectáculo.

Las diferentes personalidades

Los contendientes tienen, además, personalidades distintas, como en los mejores reality shows. Ryan es joven, tiene convicciones ideológicas fuertes, condimenta sus discursos con datos y cifras y es bastante conservador para vestirse (y para muchas otras cosas). Es un representante de la nueva generación geek-tecnocrática de la política estadounidense. Biden, en cambio, es un tipo old school. Sabe que buena parte de la política se hace en los pasillos del Congreso, cree que la simpatía y el carisma son condimentos fundamentales y, aunque liberal y demócrata, ha sido en general bastante flexible en sus definiciones ideológicas. Ryan es un científico. Biden es puro instinto.

En ese contexto, se encuentran (ellos y sus decenas de speech writers y asesores) en medio de una campaña que ha vuelto a recalentarse después de un mes de siesta, cuando todos creíamos que ya estaba decidida (o casi decidida) en favor del presidente Obama. Ahora, con los números apretados, los comandos centrales de las campañas vuelven a decir lo de siempre: “cada día es importante”, “no se pueden cometer errores”, “hasta la más mínima diferencia puede ser clave”.

Lo mismo decían hace cuatro años, cuando Sarah Palin subió sonriente al escenario y se acercó a Biden y le dijo al oído: “¿Te puedo llamar Joe?” Fue un gesto tan sorprendente que pareció planificado: Palin ya tenía conectado el micrófono y sabía que los espectadores de todo el país la estaban escuchando. Sin embargo, en el libro y la película Game Change, los asesores de Palin niegan haberle dado una instrucción. Si fue algo planificado –para aparecer frente a la audiencia como una mujer amable y simpática–, fue un plan sólo de ella. Aquel debate entre Palin y Biden no sólo fue el debate vicepresidencial más visto de la historia, sino también el segundo debate más visto de todos los debates desde 1960, incluyendo los presidenciales. (El primer debate entre candidatos a vicepresidente fue en 1976.)

Paul Ryan, una de las estrellas en ascenso del Partido Republicano, quizá haya mirado en YouTube el debate vicepresidencial de 2004, entre Dick Cheney y John Edwards. Edwards, que acompañaba a John Kerry en la fórmula demócrata, también era entonces una de las estrellas en ascenso de su partido. Joven, enérgico, fotogénico y con ideas frescas, era un buen complemento para el gris y moderado Kerry. La noche del debate encontró, del otro lado del escenario, a uno de los tipos con menos carisma de la política estadounidense: el vicepresidente Dick Cheney, acusado por los demócratas de ser poco menos que el Darth Vader de la Casa Blanca, el monje negro de la Guerra de Irak. Cheney es tan old school como Biden, y casi tan propenso a decir barbaridades cuando se sale del guión.

Pero Cheney le pasó por encima a Edwards el carro de la autoridad y la experiencia. Cerca del comienzo del debate dijo: “La primera vez que te vi [a Edwards] en mi vida fue hace un rato, cuando entraste al estudio”. Edwards después intentó un riesgoso ataque personal, notando que Cheney tenía una hija lesbiana y, a pesar de ello, estaba en contra de darles derechos a las parejas homosexuales. Cheney, como si tuviera la respuesta preparada (probablemente la tenía), puso las manos sobre el atril y dijo, sonriendo de la forma más natural posible: “Déjenme simplemente agradecerle al senador por las palabras tan amables que dijo sobre mi familia y nuestra hija”. Edwards quedó descolocado, y ya no pudo recuperarse.

Quizás Biden encuentre a Cheney un modelo inesperado. O Ryan, que presume de estar siempre listo, vea en las dudas de Edwards una advertencia. Atacar al rival no siempre es una buena receta para los debates: al público le gustan los candidatos decididos, pero no le gustan los que parecen demasiado agresivos.

¿Qué nos dice todo esto sobre las perspectivas de un buen espectáculo? Muchas cosas, pero una de ellas es que los candidatos prefieran, atentos a la posibilidad de perderlo todo, arriesgar poco y entregarle el batón de los debates a sus jefes (que vuelven a enfrentarse la semana que viene). Un debate vicepresidencial difícilmente decida una elección a tu favor, dicen los analistas, pero podría arruinártela en caso de cataclismo o emergencia. Con tanta presión, en una campaña cada vez más pareja, es posible que Biden y Ryan, como dos equipos de fútbol satisfechos con el 0-0, decidan no hacerse daño.

Ojalá no sea así: aunque no puedan darnos política, por lo menos que nos den buena televisión.

 

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