Elecciones Presidenciales 2012

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02 de octubre de 2012 • 02:18 PM • actualizado a las 02:24 PM

¿Qué se espera del primer debate entre Romney y Obama?

Obama y Romney se medirán cara a cara en su primer debate presidencial rumbo al 6 de noviembre.
Foto: AP
  • Nueva York
 

Hace cuatro años, el presidente Barack Obama y el entonces candidato republicano, John McCain, se enfrentaron en tres debates televisados en directo. Respondieron las preguntas de los moderadores y discutieron entre sí durante más de cuatro horas en total. ¿Cuántas veces mencionaron las palabras “latino” o “hispanic” o “immigration”? Ninguna.

Obama y Romney, cara a caraHaz clic para ver el video en Terra TV
Obama y Romney, cara a cara

Conoce el mapa electoral, estado por estado 

Un recorrido por las transcripciones de aquellos tres debates arroja un resultado desalentador para quienes vienen destacando la creciente importancia de la comunidad latina en las elecciones. En rigor, McCain sí mencionó una vez la palabra “immigration”, pero no para hablar de ella sino para quitársela de encima: acusó a Obama de difundir comerciales de campaña que representaban mal su posición sobre inmigración. (McCain, es cierto, había sido un histórico defensor de reformar, para hacerlas más flexibles, las leyes inmigratorias.)

¿Qué se puede esperar entonces de los debates que empiezan este miércoles, entre Obama y el nuevo retador republicano, Mitt Romney? ¿Más participación de los latinos en el debate o la misma quietud de hace cuatro años? Las señales son poco auspiciosas: en 2008, Univision patrocinó un debate entre los candidatos de las primarias demócratas y otro debate con los precandidatos republicanos. Además, su presentador estrella, Jorge Ramos, fue co-moderador de un debate en CNN con los candidatos demócratas y entrevistó, poco antes de las elecciones, a Obama y McCain. Fue en esas entrevistas donde ambos candidatos hablaron, casi por única vez, de sus propuestas sobre inmigración.

La presencia latina

Este año las cosas serán diferentes. Ramos y su compañera María Elena Salinas entrevistaron al presidente Obama y a Mitt Romney, hace dos semanas, en sendos programas especiales emitidos por Univision. Pero su participación en la campaña será menor a la deseada por ellos mismos. Cuando se conoció el calendario de debates presidenciales –que empieza el miércoles, en la Universidad de Colorado, y termina el 22 de octubre en la Universidad Lynn, en Florida–, tanto Ramos como Univision protestaron por la falta de latinos (o representantes de minorías) entre los moderadores y por la negativa de la comisión organizadora a darle un debate a Univision. En enero de este año, además, los pre-candidatos republicanos se habían negado a participar de un debate en Univision, en solidaridad (eso dijeron) con el supuesto maltrato recibido por el senador Marco Rubio de parte de la cadena.

O sea que la presencia latina en los debates presidenciales, que había sido escasa en 2008, será probablemente menor este año, a menos que el creciente peso electoral de los latinos logre un cambio de mentalidad en los candidatos. Este año, según cálculos de Randy Falco, presidente y CEO de Univision, que reclamó en público un debate para su cadena, alrededor del 8,7% de los votantes serán latinos. En Florida, uno de los estados “campo de batalla” donde probablemente se definirá el resultado final, los votantes de origen latino son el 16,5% de los habilitados.

¿Quién tendría más para ganar con un súbito alto perfil de los hispanos en estos tres debates? Como en cualquier campaña presidencial, a quien más le conviene agitar las aguas es a quien viene remando desde atrás en las encuestas. En este caso, Mitt Romney. Si los debates pasan por la campaña en puntitas de pie, apenas cambiando las percepciones del público sobre los candidatos, el presidente Obama probablemente mantendrá su diferencia actual. Si, en cambio, Romney logra un puñado de momentos eléctricos, mostrando una nueva convicción acerca de los temas principales de la campaña, y logra, al mismo tiempo, debilitar los cimientos de la administración Obama (y de su personaje), entonces quizás pueda cambiar la dinámica.

Ésa es sin dudas la gran apuesta de los operadores republicanos, que en estos días han empezado a pronosticar (y desear) un contragolpe de Romney en los debates. “Tenemos un candidato que lo va a hacer extraordinariamente bien el miércoles por la noche”, dijo el gobernador de Nueva Jersey (y uno de los personajes más populares del Partido Republicano), Chris Christie, el domingo en un programa de televisión. “El jueves por la mañana, la manera de contar esta elección será totalmente distinta”.

En cualquier caso, deberá ser un contragolpe soberbio. Si la campaña fuera una pelea de box a 12 rounds, como la que el mes pasado enfrentó a ‘Maravilla’ Martínez y a Julio César Chávez Jr. en Las Vegas, podríamos decir que la de este año ya está en su octavo asalto y que Obama va ganando por varios puntos en las tarjetas de los jurados. A Romney le queda la posibilidad de una mano sorpresiva, que deje al presidente groggy de aquí hasta la primera semana de noviembre. Y no tendrá una mejor ocasión de lanzar ese puñetazo inesperado (puñetazo metafórico, por supuesto, no literal) que en los tres debates que empiezan esta semana.

Los sudores de Richard Nixon

Un repaso por la historia de los debates presidenciales en Estados Unidos indica que su influencia en los resultados ha sido variable, desde el batacazo de Kennedy contra Nixon, en 1960, a la irrelevancia en campañas más recientes. John McCain, que hace cuatro años debatió en vivo contra Romney (en las primarias republicanas) y contra Obama (en la general), dice que el margen para sorpresas es cada vez menor, porque los políticos han aprendido a debatir. “No recuerdo la última vez que un comentario de este tipo [en los debates] atrapó la atención de todo el mundo”, dijo McCain este fin de semana. “Francamente, los candidatos están demasiado bien preparados. Están bien guionados”.

Antes de que la política se llenara de asesores y consultores, el margen de error y la espontaneidad eran mayores. En el primer debate televisado en vivo, se enfrentaron John Kennedy (el retador demócrata) contra Richard Nixon, entonces vicepresidente de Eisenhower y candidato republicano. Ambos venían parejos en las encuestas, intentando capitalizar sus activos: Kennedy quería mostrarse como la cara fresca de una nueva generación política, más optimista y menos obsesionada con el conflicto; Nixon era la voz de la experiencia, la autoridad y el foco en la Guerra Fría.

La noche del debate, Nixon llegó al estudio de CBS en Chicago con una barba incipiente, acumulada desde la mañana. (Lo que en inglés se llama una five o’clock shadow.) Cuando le ofrecieron los servicios de maquillaje de la cadena, Nixon se enteró de que Kennedy los había rechazado y entonces hizo lo mismo. Pero Kennedy tenía un bronceado natural y era más joven (y además recibió un poco de maquillaje de su propio equipo). Nixon, que venía recuperándose de una gripe y había perdido peso, tenía un aspecto malísimo. Uno de sus asesores vio las pruebas de cámara y recurrió, en el último minuto posible, a una solución de emergencia: le aplicó a Nixon una rudimentaria crema cosmética que ya habían usado en otras ocasiones. Agravado por el hecho de haber elegido un traje gris, que se fundía con el fondo del estudio (la TV, por supuesto, era en blanco y negro), Nixon apareció pálido y ojeroso en millones de pantallas.

La imagen cuenta

Ocurrió entonces algo extraño, que cambió para siempre la relación entre la televisión y la política. Quienes escucharon el debate por radio declararon que el ganador había sido Nixon, más profesional y articulado en sus razonamientos. Pero la transmisión por televisión mostró una imagen completamente diferente: sofocado por el calor de las lámparas de entonces, Nixon, transpirando debajo de su traje gris, parecía embalsamado por la capa de maquillaje. A su lado, un Kennedy radiante había logrado profundizar el contraste que le interesaba.

Nixon mejoró en los debates siguientes, pero el impacto de aquella primera contienda y su influencia en el resultado (Kennedy ganó por menos del 1% de los votos) fueron tan fuertes que provocó el pánico en los políticos estadounidenses. En las elecciones siguientes, el presidente Lyndon Johnson se negó a debatir y lo mismo pasó en las dos campañas posteriores. Los debates presidenciales volvieron en 1976 y desde entonces se han convertido en una costumbre de cada campaña en Estados Unidos. No están institucionalizados, porque no son obligatorios, pero ningún candidato se ha negado a participar desde entonces.

Tampoco se negará, por supuesto, Barack Obama, que es un gran orador cuando está solo pero no es un gran “debatidor”, según los expertos. Su ventaja, en estos casos, es que comete pocos errores. Difícilmente se le escape algo que no quiere decir o repita los gestos de irritación o impaciencia que, para mucha gente, contribuyeron a arruinar la campaña de Al Gore, en 2000, contra George W. Bush.

Esto hace aún más difícil la tarea de Romney, que necesita hacer trastabillar a Obama. La última encuesta de ABC/Washington Post, publicada este lunes (Octubre 1), le da al presidente una ventaja pequeña en el voto nacional (49% contra 47%) pero significativa (53% contra 41%) en los pocos estados –los llamados swing states, que a veces votan por republicanos y a veces por demócratas– donde se dirimirá la elección. Tres de esos estados –Colorado, Florida y Nevada– tienen una importante representación latina entre sus electores. Quizás Romney, necesitado de cariño electoral, intente seducirlos a ellos en el debate del miércoles. Sería una sorpresa, porque la relación entre Romney y la comunidad latina ha sido poca y difícil. Pero nunca hay descartar nada de un candidato desesperado por un contragolpe.

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