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Desgarrador relato de un secuestrado que vivió para contarlo

Armando Olvera optó por no dar la cara en la fotografía principalmente por su seguridad. Foto: Terra
Armando Olvera optó por no dar la cara en la fotografía principalmente por su seguridad.
Foto: Terra
 

Todo parecía un día normal para Armando Olvera, un funcionario sindical de México, cuando sin imaginarlo, se convirtió en una víctima más de la inseguridad que se vive en Monterrey y en otras partes del país.

Un día a fines de marzo de 2008, Olvera (no es su verdadero nombre ya que pidió reserva por temor a represalias) acompañaba a su jefe a realizar actividades deportivas en una zona en el norte de Monterrey pero en lugar de patear el balón o correr, ambos fueron interceptados por elementos de la delincuencia organizada y a partir de allí, vinieron seis días de angustia, temor a morir asesinado.

"Íbamos llegando a un campo deportivo, íbamos a jugar futbol...ahí me topé con mi jefe y estábamos platicando y de repente llegó una camioneta con cuatro tipos armados con armas largas. Nos sometieron inmediatamente, nos subieron a una camioneta y se llevaron otra, la de mi jefe. Y ya nos anduvieron paseando un rato y posteriormente nos llevaron a un río, debajo de un puente vehicular. Nos empezaron a golpear", contó a terra.com este hombre que hoy tiene 43 años.

Este hombre y su jefe vivieron en cautiverio cerca de una semana en un lugar desconocido, al parecer en una casa de seguridad, ya que como él comentó en entrevista, nunca supo en donde los mantuvieron secuestrados pues fueron vendados y esposados.

"Yo nunca me dí cuenta en dónde era porque nos tenían amarrados y vendados, esposados, con cintas en los ojos", relató la víctima.

El tiempo encerrado transcurría, los días se hacían largos y la liberación era eterna para Olvera. Entre la zozobra y desesperación, Olvera ya no tenía noción del tiempo. Solo trataba de sobrevivir.

"Yo no me daba cuenta de cómo transcurría el tiempo, sino simplemente yo me la pasaba... La comida era agua y pan. Yo no comía, pues a quién le dan ganas de comer eso, y estaba junto como con otras ocho personas. Me dí cuenta por toda la algarabía o por la gente que pedía permiso de ir al baño, los diferentes tipos de voces, pero nunca los ví'.

"Yo agarré un rincón en la mera esquina y ahí puse un vasito de agua y solo me mojaba los labios para estar ahí sobreviviendo", recordó Olvera, quien está casado y tiene dos hijos.

Bien dicen que a veces una tragedia o suceso lamentable hace reflexionar a las personas, y algo parecido fue lo que le sucedió a Olvera durante el tiempo que estuvo cautivo.

"En ese momento te acuerdas de muchas cosas, de todo lo malo que has hecho, de todo lo bueno que pudiste haber hecho también. Más que todo es la conciencia contigo mismo. No el hecho de tener temor a perder la vida. Yo en un momento dado pensaba que sí nos iban a matar. Más que nada es un arrepentimiento, es la conciencia de uno. Y luego ya me dediqué a estar orando", recordó.

Como ocurre en muchos de los casos, el secuestro o los famosos "levantones" son llevados a cabo por miembros de las bandas del narcotráfico. Sin embargo, Olvera cree que sus secuestradores solo formaban parte de una banda dedicada al negocio del secuestro y que una mujer era la que estaba al frente.

"Los mismos que nos estaban allí cuidando o haciéndose cargo de nosotros como que eran de diferentes lugares. Allí había una mujer que comandaba todo...En las noches nos esposaban ganchados, entrelazados los brazos con otras personas. Yo digo que era en la noche porque a lo mejor era cuando ellos se querían dormir", contó Olvera.

Las negociaciones para la liberación estuvieron a cargo de gente cercana a su jefe, quien era el principal objetivo de los delincuentes. Y finalmente después de seis días recuperó su libertad.

"Nos llevaron a un rancho, ahí nos dejaron...Un señor se me acercó y me puso su mano sobre la mía y yo sentí un papel, era un billete, yo creo que era para el taxi", recordó.

A pesar de la amarga experiencia que representa este suceso, Olvera cuenta que psicológicamente no le afectó tanto. Y añadió que por el contrario, le atrajo algunas consecuencias positivas, ya que ahora está más apegado a su familia.

"Antes era más trabajo, ahora más unión familiar, pasar más tiempo con la familia... Hay preocupación, pero no hay temor ni vivo con ese trauma", dijo.

Un delito latente y en la impunidad

De acuerdo a cifras de mexicodenuncia.org, en 2008, año en el que ocurrió este secuestro, de cada diez secuestros, seis no eran denunciados por falta de confianza en las autoridades. Y de los cuatro restantes, dos eran negociados por la policía en forma extraoficial, es decir, las autoridades sólo reciben la denuncia formal en 2 casos por cada 10.

México es un país con un panorama de impunidad del 90 % de los casos por lo que el secuestro resulta un negocio ilegal muy rentable, ante la casi nula posibilidad de que los responsables sean  llevados a juicio .

De acuerdo a la Fiscalía mexicana, la Procuraduría General de la República, el secuestro es un delito que se ha incrementado 203% en los últimos cinco años.

El Sistema Nacional de Seguridad Pública reportó que desde 2007 a septiembre de 2012 se habían denunciado 6,634 secuestros, sin tomar en cuenta los casos que no fueron denunciados ante las autoridades.

Sumado al flagelo de los secuestros, México atraviesa una ola de violencia sin precedentes. Desde que el entonces presidente Felipe Calderón le declarara la guerra al narco en 2006, cerca de 100,000 personas han sido asesinadas. Ciudades como Acapulco, Ciudad Juárez y Monterrey han sido castigadas por el azote de la violencia del narcotráfico.

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