Panamá-social Reportaje
Un grupo de personas espera pacientemente al lado de la vía principal que une las localidades de Arraiján y La Chorrera, al oeste de la capital panameña, cerca de una marquesina que parece una parada de bus, pero que en realidad es una 'Champapa', una barbería al aire libre donde cortarse el pelo.
Con la música de fondo del reggeatonero Danger Man, recientemente asesinado, las manos de cinco jóvenes se deslizan a velocidad de vértigo por el cabello de las personas, de todas las edades, instaladas en unas viejas sillas negras de vinilo, en muchos casos rajadas por el paso del tiempo.
Las banderas de Jamaica sirven de toallas y una tela amarilla, roja y verde simboliza el emblema de Africa. Al fondo de la estructura metálica de esta peluquería cuelga un poster del jugador brasileño de fútbol Ronaldo, la cara del cantante latino Daddy Yankee o la insignia del Real Madrid.
En la populosa plaza del 5 de Mayo se repite la historia. Esta barbería tiene 15 asientos, ofrece de música de fondo bachata y está al lado de uno de los emblemas de la ciudad de Panamá.
Decenas de personas esperan su turno hablando con sus vecinos al aire libre sobre el alto costo de la canasta básica, mientras los niños juegan en la plaza.
Aquí surgió la primera Champapa o 'barbería del pueblo'. Luego se extendió a Vista Alegre (Arraiján), Cerro Batea, Vacamonte y Villa Guadalupe.
La idea de las Champapas, nombre en honor al cantante de reggaetón muerto en un accidente de tráfico Papa Cham, surgió hace un par de años.
Su ideólogo fue Alberto Rodríguez, un joven de 32 años "cansado de trabajar en un lugar cerrado del que no sacaba nada y menos tal cual se estaba poniendo la vida".
Acudió a las autoridades locales a proponerles su idea: "a cambio de una rebaja en el alquiler de los terrenos donde ubicar estas barberías al aire libre, me comprometí a dar trabajo a personas que hubieran tenido problemas con las drogas, fueran pandilleros o hubieran estado presos".
"Así todos ganábamos. A mí me salía más barato, los chicos tenían posibilidad de un trabajo y de, lo más importante, una posibilidad de reinserción social", explica.
Los peluqueros, tanto los que Alberto ha formado como los profesionales que se le han acercado posteriormente para trabajar en su proyecto, deben pagar 7 dólares por el alquiler de la silla donde trabajan. El corte de pelo vale hasta dos dólares, aunque depende sobre todo de la dificultad y de la abundancia de cabello.
"A partir de ahí, toda la ganancia es para ellos", dice.
Según Jacinta, la administradora de la barbería de la Plaza 5 de mayo, hay jóvenes que llegan a ganar en un día hasta 50 dólares.
Yankee, uno de los peluqueros de Arraiján, asegura que "la barbería nos permite salir adelante y poder llevar el pan a la casa".
Darío es uno de los habituales que acude a cortarse el cabello en las Champapa.
"La verdad que no vengo tanto por el dinero sino por el corte que me hacen, el aporte que puedo hacer para que estos muchachos tengan trabajo y no estén ociosos pensando en hacer malas cosas. A mí el corte me cuesta 1,50 dólares y siempre les doy un poquito más para apoyarlos", dice.
Ángel es uno de los jóvenes que se ha integrado a la sociedad por su trabajo en la Champapa. Ex pandillero y con 36 años, está esperando una hija.
Atrás quedó la cárcel y la venta de drogas. "La verdad es que Champapa me cambió la vida. Antes andaba por malos pasos y ahora trabajo y tengo una oportunidad de demostrar a la sociedad que soy válido. Ya no me acuerdo del pasado. Ahora miro al futuro", asegura Angel, uno de los peluqueros más veteranos de este proyecto.
Pero no todos los que trabajan en Champapa han tenido problemas. Es el caso del colombiano Harol, para quien el éxito de estas barberías al aire libre se debe a que se "respira ambiente, cultura y gente del barrio".
Terra/AFP