El Mundo
El hombre elegido presidente de un Pakistán inestable y con armas nucleares es un aristócrata amante de los caballos que ha pasado más años en prisión que en la política, un novicio elevado a la prominencia por su casamiento con Benazir Bhutto e impulsado al poder por el asesinato de la ex primera ministra.
Asif Ali Zardari, que sucede a Pervez Musharraf, aliado de Estados Unidos, recibe la carga de años de denuncias de corrupción, antecedentes contradictorios en la lucha contra el movimiento talibán y acusaciones de dar refugio al jefe de al-Qaida.
Al igual que su esposa, que fue asesinada con bombas y disparos en diciembre, Zardari ha sido calificado de corrupto y perseguido por la justicia a instancias de sus adversarios, incluyendo Musharraf. Una década en la cárcel perjudicó su salud _y quizás su mente_ aunque nunca fue condenado.
Después de controlar el partido político de Bhutto, el mayor de Pakistán, Zardari fue amplio favorito para ganar la puja presidencial en competencia con un senador del partido pro Musharraf y un juez retirado respaldado por otro ex primer ministro, Nawaz Sharif.
El intento de Zardari por suceder a Musharraf es el episodio más reciente en el retorno de Pakistán a un aparente gobierno democrático después de nueve años de régimen militar.
Zardari, a quien su esposa calificó una vez como un hombre sin interés en la política partidaria, podría convertirse en uno de los líderes civiles más poderosos en los 61 años de la turbulenta historia nacional.
El presidente puede disolver el parlamento y designar jefes del ejército, y dirige el comité conjunto cívico-militar que controla las armas nucleares paquistaníes.
Desde que orquestaron la salida de Musharraf con amenazas de juicio político, Zardari y otros altos jefes de su partido han igualado la línea dura del ex general contra el terrorismo insistiendo en que la batalla contra los militantes islámicos a lo largo de la frontera con Afganistán es una guerra propia.
Eso le sienta bien a Washington, pero está por verse la influencia que ejerza sobre los militares, cuyos enfrentamientos con los milicias en la frontera no han impedido el resurgimiento del Talibán.
El embajador paquistaní en Londres, Wajid Hassan, pidió a occidente que dé tiempo al nuevo gobierno para aplicar los planes de lucha contra la amenaza talibán. En una entrevista con la Associated Press sugirió que el uso de la fuerza podría volcar al pueblo contra las autoridades y que era preferible la persuasión.
Desarrollar ese programa en una nación de 160 millones de habitantes convulsionada por tensiones étnicas y sectarias, además de vastas disparidades en riqueza, será una prueba de fuego para el nuevo presidente.
Hasta su casamiento con Bhutto en 1987, Zardari era hijo de un empresario terrateniente y jefe tribal en la provincia sureña de Sindh.
Al igual que muchos en la elite de esta nación musulmana, estudió en escuelas de misioneros cristianos y en un internado cerca de Hyderabad. Dice que tiene un título universitario de un establecimiento de enseñanza en Londres, pero su partido no ha presentado ningún certificado.
Su casamiento con Bhutto, proveniente de la familia política más prominente de Pakistán, cimentó su reputación de conquistador. Bhutto dijo que su marido era cortés y comprensivo, y apreciaba el hecho de que él comprendiese que la política era la vida de su mujer.
Zardari dice que no tenía idea de la tormenta política que le acarrearía su matrimonio.
"Le dio un giro a mi vida", dijo Zardari a la BBC este año. "Yo no tenía idea porque no sabía qué era este mundo".
Más tarde fue acusado de interferir en los asuntos del Partido del Pueblo Paquistaní, de Bhutto, y de amiguismo. Se desempeñó como ministro del ambiente e inversiones en el segundo de los dos gobiernos de Bhutto, ninguno de los cuales terminó por supuesta corrupción y desgobierno.
Sus adversarios y muchos paquistaníes todavía lo conocen como "Señor 10 por ciento", debido a denuncias de que se embolsaba comisiones en contratos del gobierno, desde una licencia para importar oro hasta la compra de 8.000 tractores polacos.
Terra/AP