DARFUR-ESPAÑA
31/01/2007 - 19:19 (GMT)
Eva Santos Darfur (Sudán), 31 ene (EFE)- Hacinados en campos de refugiados en unas pésimas condiciones de salubridad, viviendo muchos de ellos sólo de la ayuda humanitaria, uno de cada tres habitantes de Darfur ha tenido que abandonar su hogar huyendo del escenario de una de las peores crisis de violencia de los últimos años.
Entre 200.000 y 250.000 personas han muerto ya en este conflicto, que dura algo más de tres años, y más de dos millones están acogidos en campos de refugiados internos en esta región, que tiene una extensión similar a la de Francia y una población que ronda los seis millones de habitantes.
En medio de una zona semidesértica, un manto de asfalto rodea el aeropuerto de Al Fasher, cercano al campo de refugiados, pero la carretera se interrumpe de pronto para dar paso a decenas de caminos de arena, en un punto donde, paradójicamente, hay también una parada de taxis.
Alrededor de 54.000 personas se encuentran refugiadas en este campo, una mínima parte de los más de cuatro millones de desplazados que hay en todo el país.
Las fuerzas desplegadas por la Unión Africana (AMIS) "controlan" la entrada al asentamiento, al que, no obstante, rara vez acceden.
El campo de desplazados no está lejos. Antes de llegar allí, en medio de la nada, se levanta una especie de taller artesanal de ladrillos de adobe, con los cuales luego, los más afortunados, pueden levantar sus pequeñas casuchas.
Dentro del asentamiento, las chozas de adobe se alternan con las chabolas de paja y caño o incluso con las más frágiles y endebles construidas a base de plástico y tela de saco.
Todos estos materiales, junto con los productos más insospechados -desde palas para extraer arena hasta tomates, especias, legumbres o artículos envasados-, pueden comprarse en un "mercado" situado casi a la entrada de Abushok, que combina puestos de comida con otros donde adquirir palos de madera ya serrados y lijados, que sirven para sujetar los techos de las chabolas.
Y es que, pese a que parece que la vida se ha detenido en este lugar, todavía se mantiene una endeble economía doméstica, sustituida a veces por trueques.
Marian, a la que un periodista gráfico de EFE casi tuvo que arrancar una sonrisa, posa tranquilamente con su hijo Arrabi, de apenas dos años, en brazos, dentro de lo que ahora es su hogar: tres paredes de adobe, un plástico, una estera tirada en el suelo, un barreño de metal y unos escasísimos utensilios de cocina.
En los campos, los desplazados internos no sólo tienen que enfrentarse al hambre, a la miseria y a la enfermedad, sino que algunos arrastran traumas psicológicos provocados por la violencia que les obligó a huir de sus hogares y por la incertidumbre que les mantiene en estos asentamientos temporales, por lo que a muchos de ellos, como a Marian, les cuesta encontrar un motivo para sonreír.
Porque miles, a fin de cuentas, se ven obligados a sobrevivir únicamente con lo justo que les llega de las agencias humanitarias internacionales.
Uno de estos casos es una clínica para niños con desnutrición severa, un proyecto que desarrolla Acción contra el Hambre y gracias al cual actualmente sesenta menores de hasta cinco años reciben el sustento necesario para alcanzar un peso acorde con su edad.
En este centro, en cuya puerta de entrada hay un cartel que prohíbe el uso de armas, las tiendas están dibujadas por los propios niños, que disponen también de una sala de juegos.
Al contrario que en otros campos de refugiados, en Abushok el agua no es una dificultad grave, porque a sesenta metros de profundidad se puede encontrar fácilmente la capa freática.
En esta región noroccidental de Sudán, el conflicto se reavivó en 2003, cuando el Movimiento de Liberación de Sudán se levantó en armas, junto con otros grupos, para protestar contra la pobreza y la marginación de la región.
La violencia se mantiene pese al acuerdo de paz firmado en Abuya (Nigeria) en mayo del año pasado, al que no se sumaron varios grupos rebeldes enfrentados a Jartum, por lo que las agencias humanitarias encuentran gravísimos problemas de seguridad para acceder a los más necesitados, una situación de inseguridad que la ONU ha calificado como "desesperada".
Un subdesarrollo crónico, la situación de violencia continuada y la ausencia de un enfoque internacional sostenido hacen que, incluso con paz, cualquier mejora real de las condiciones de vida de la población sea difícil de alcanzar.
Diversos países árabes y la ONU estudian la posibilidad de formar una fuerza de interposición en Darfur, con efectivos africanos y cascos azules, algo a lo que, en principio, se opone el Gobierno sudanés.
Además, el Premio Nobel de la Paz de 1997, Judy Williams, dirigirá próximamente una misión de la ONU que investigará la situación de los derechos humanos en la región, donde las fuerzas de paz de la Unión Africana, desplegadas en 2004, no han conseguido frenar la violencia. EFE es/chs
Terra/EFE