América Latina
19/05/2007 - 19:57 (GMT)
Desde que se reunieron con sus padres deportados en México, Adriana, de siete años, ha dejado de gritar "¡papá!" en sueños y a Yadira, de 10 se le ha aliviado el asma. Pedro, de 15, ha dejado de llorar y Adrián, de 12, toma su nueva vida como una aventura.
Por ahora, estos niños estadounidenses no piensan en la decisión desgarradora que deberán tomar al final de las vacaciones: quedarse con sus padres en esta aldea paupérrima donde se bañan en un canal o regresar a una buena vivienda y las mejores escuelas en Palo Alto, California.
Decenas de miles de familias deberán tomar decisiones similares si el Congreso aprueba el proyecto de reforma de las leyes de inmigración.
Unos 3 millones de niños nacidos en Estados Unidos _y por eso considerados ciudadanos estadounidenses_ tienen uno o los dos padres que viven ilegalmente en el país, según el Centro Hispano Pew, y desde 2004 el gobierno ha deportado indocumentados en cantidades inéditas.
El Senado prevé iniciar el lunes la discusión de un proyecto que daría prioridad a la capacitación laboral y el nivel educativo sobre los vínculos familiares, modificando un sistema vigente desde hace cuatro décadas que daba prioridad a esos lazos.
Pedro Ramírez padre, de 38 años, confiaba en que el sistema permitiría a él y su esposa acceder a la ciudadanía dentro de dos años, cuando su hijo mayor cumpliera los 18. Ahora no está tan seguro: si se da prioridad a la capacitación laboral, tal vez sea deportado.
Ramírez no fue a la escuela. Cruzó la frontera ilegalmente cuando tenía 16 años y aprendió inglés a medida que ascendía de un trabajo de obrero con salario mínimo a supervisor nocturno en un supermercado.
Este ascenso _y el consiguiente aumento salarial de 6 a 16 dólares la hora_ le permitió llevar a su familia al suburbio residencial de Palo Alto, donde se encuentra la Universidad de Stanford.
Antes de la deportación de su padre en febrero, las grandes preocupaciones de Pedro hijo eran el ingreso a la facultad de derecho de la Universidad de California y cómo convencer al entrenador de su equipo de fútbol americano que le diera el puesto de mariscal de campo. Ahora dice que deberá habituarse a vivir en la choza de dos cuartos de la familia y bañarse en el canal, con tal de mantener unida a la familia.
Su madre, Isabel, dice que dejará que los niños decidan si se quedan o no. Si regresan, los varones irían a vivir con una tía en Newark, California, y las niñas con su maestra de quinto grado en Palo Alto.
Terra/AP