Larga agonía
Aplicada por primera vez en 1982 con el fin de ofrecer al condenado una muerte tranquila y rápida, la inyección letal, cuya legalidad será examinada por la Corte Suprema, se ha utilizado en más del 80% de las ejecuciones en Estados Unidos.
El procedimiento, que fue confidencial durante mucho tiempo, no está fijado por ninguna ley. Consiste generalmente en la administración sucesiva de sodio tiopental para dormir al condenado, bromuro de pancuronio para paralizarlo y finalmente cloruro de potasio para provocar un paro cardiaco.
Si este proceso es respetado, la dosis anestesiante es suficiente para impedir que el condenado sufra o experimente algo, ni siquiera la muerte.
Pero el sodio tiopental a veces no actúa suficiente tiempo y el personal paramédico de los centros penitenciarios suele no tener la formación suficiente para administrar correctamente el producto, sobre todo cuando los condenados son ex drogadictos con las venas destrozadas.
Según sus detractores, este procedimiento no garantiza que el condenado esté inconsciente durante la administración de las dos últimas sustancias. Por lo tanto corre el riesgo de sufrir atrozmente y sin poder expresarlo, puesto que el segundo producto lo paraliza del todo.
La tercera sustancia provoca tal ardor que está prohibida incluso para matar a los animales por eutanasia.
Terra/AFP
