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 Por qué maté a mi hija
20 de Febrero de 2011 09:12 actualizado a las 23:50

La familia vivía en Brescia, al norte de Italia.

La familia vivía en Brescia, al norte de Italia.
Foto: Thinkstock

 
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La BBC entrevistó a un hombre que asesinó a su hija porque "deshonró a su familia", para tratar de entender cómo piensa alguien que comete uno de los 5.000 crímenes de honor que se perpetran al año.

Hina fue enterrada por su padre y otros familiares en el jardín de su casa.

Hina Saleem pagó el precio más alto.

La paquistaní de 20 años de edad, que vivía en el norte de Italia, fue asesinada por su padre, quien alega que estaba "salvando el honor de su familia".

Mohammed Saleem declaró que no le gustaba la forma en la que Hina estaba viviendo su vida y le dijo a las autoridades que su hija estaba deshonrando a su familia.

Así que le cortó el cuello. 28 veces.

"No quería matarla. Quería que volviera a casa", asegura desde su celda en la cárcel en la que ahora paga una condena de 30 años, a la que tuvo acceso la BBC.

La entrevista ofrece una rara oportunidad para entender cómo piensa alguien que perpetra un crimen de honor.

Traición

"Yo soy un buen padre", insiste Saleem. "Antes, mi hija era muy buena, pero, de repente, cambió".

Lo que cambió "de repente" fue el estilo de vida de Hina.

La familia Saleem vivía en la ciudad de Brescia, en el norte de Italia.

Hina se había convertido, a los ojos de sus padres, en una "rebelde" que desafiaba su autoridad. Se había negado a casarse con un hombre que su familia le quería imponer, en el marco de lo que en algunos países se conoce como un "matrimonio arreglado".

La joven, que fumaba y vivía con su novio italiano, había dejado de ser una niña asiática para convertirse en una mujer occidental.

Fue esa transformación lo que su padre no pudo tolerar. Para él, se trataba de una traición a sus raíces, sus tradiciones y su cultura, y de una amenaza a su orgullo, su dignidad y su reputación dentro de la comunidad paquistaní.

"Yo no quería que mi hija fuera demasiado libre", explica desde su celda.

Generaciones

Mohammed Saleem cumple una condena de 30 años.

La transición que experimentó Hina, quien pasó de ser la luz de los ojos de su padre a convertirse en la víctima de su rabia, se plasma en un nuevo libro llamado "Esta es mi vida".

Para uno de sus coautores, Marco Ventura, no se trata sólo de las insalvables diferencias entre algunos musulmanes y las sociedades laicas.

"El sólo hecho de intentar ser una adolescente italiana, una joven occidental normal, es un problema para las segundas generaciones. En esta historia, hay un conflicto doble: un conflicto entre culturas y un choque generacional, la de los padres y la de los hijos".

Aunque el asesinato mismo fue perpetrado por Mohammed Saleem solo, el proyecto se hizo en grupo. Con el apoyo de otros miembros de la familia, la enterraron en el jardín de su casa.

El racionaliza eso diciendo que "cuando murió, lo único que yo quería era traerla a casa".

Gommaria Monti, el otro autor del libro, ha reflexionado mucho sobre el caso.

"Los padres ya no hablaban el mismo lenguaje que su hija", opina Monti.

"Al enterrarla en el jardín de la casa de la familia, la estaban trayendo al lugar al que pertenecía, según creen. Ella era su posesión", interpreta el escritor.

Responsabilidad compartida

El padre de Hina se quejaba de que su hija había cambiado "de repente".

Las amigas de Hina comparten la angustia que su asesinato causó. Les es imposible entender que un padre pueda matar a su propia hija.

Pero el caso no es aislado: el nombre de Hina Saleem engrosa una lista compuesta por miles.

Según Naciones Unidas, cada año, en todo el mundo, 5.000 mujeres y niñas pierden su vida a manos de miembros de sus propias familias en nombre del honor.

También hay víctimas masculinas si, por ejemplo, se casan fuera de su casta o religión. Pero esos casos son mucho más raros.

Lo que sí es común es que la tarea física de "restaurar el honor" recaiga sobre los hombros de los hombres.

Y la tarea de llevar a esos asesinos ante la justicia le corresponde a las autoridades, pero en varios países hay cierto grado de tolerancia frente a esta costumbre.

Activistas que trabajan para llamar la atención sobre el problema dicen que las sociedades occidentales deben compartir la culpa por su falta de acción.

Mohammed Saleem todavía siente que su hija lo deshonró, pero ahora dice que lamenta haberla matado... no porque perdió a una hija, sino por las consecuencias de haber cometido el asesinato.

"Hina no fue la única que murió", dice. "Toda mi familia murió. Sin mi hijo, sin mi esposa, esto no es vida", agrega, compadeciéndose de sí mismo.

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